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BUENA GENTE

4 August, 2008

Por: Francisco Cantalapiedra

Hace poco asistí en Galicia a una convención regional sobre los efectos del alcoholismo, asunto al que los medios de comunicación suelen prestar poca atención porque en este  país tan machote se sigue bebiendo a mansalva y reinventando chistes de
borrachos, que maldita la gracia que tienen. Las jornadas se celebraron en As Pontes (A Coruña), el único lugar de España que recuerdo con una central térmica a tiro de piedra de la Plaza Mayor. Allí, la Federación Regional de Alcohólicos Rehabilitados convocó a un numeroso grupo de ex alcohólicos y especialistas en el tema que pasaron tres días debatiendo los problemas derivados de esta adicción y que a veces olvidamos: suicidios, vandalismo, accidentes de tráfico y laborales, peleas, enfermedades mentales o violencia doméstica, ejercida casi siempre contra los más próximos, que casualmente suelen ser la pareja y los hijos.

Aunque no soy muy dado a hablar de las cosas de las que me siento más orgulloso, desde hace dos años colaboro, en la medida de mis posibilidades, con FARE, la Federación de Alcohólicos Rehabilitados de España, lo que me ha permitido aprender mucho en poco tiempo. Gracias a esta colaboración, que me enriquece a mí bastante más que a los ex alcohólicos que militan en las distintas asociaciones, he comprendido que hay cosas que no se pueden tomar a cachondeo. Tipos como Ángel Velasco, el sensato patrón de la federación española, o el Gran Mánix de Albacete, o Paco el palentino, mitad metalúrgico, mitad chef, o Rafa el madrileño, o Jesús, el gallego animoso que se ha currado el congreso, me han contado con inmensa naturalidad las historias de sus propias vidas, de unas vidas que un día no fueron tan plácidas como lo son ahora. Hablo de gente que sólo se pone seria para contar el mal que se hicieron a sí mismos o a su familia empinando el  codo, o para avisar de los que acechan a todos esos jóvenes que con 14 años prueban su hombría emborrachándose hasta las patas.

En todo el tiempo que llevo con ellos de aprendiz, he escuchado decenas de veces las mismas historias, que se parecen como gotas de agua a las de otros que todavía no han reconocido sus problemas con la bebida. Pero las historias del alcoholismo no están formadas por gente sin estudios o con la vida destrozada que acaba refugiándose en la botella. Muy al contrario, se trata muchas veces de personas de bien que empezaron mal y a las que el alcohol cambió sus vidas. Aunque ellos son muy discretos, no es casual que pertenezcan a una ONG que es la más grande de España y que está formada por miles de  personas que un día decidieron cambiar su perra vida por otra mejor, para alegría de sus familias y regocijo de su hígado. Con un sentido del humor admirable, el Gran Mánix de La Mancha confesaba delante de su mujer, veinte años después de haber dejado la bebida para siempre: «yo he sido el borracho más tonto de España».  Luego nos asombramos juntos hablando de curas y médicos, de pilotos y catedráticos de latín, aficionados al frasco que intentan llevar con dignidad lo que son, pero sin poner remedio. El nombre de un arzobispo alcohólico y felizmente rehabilitado se deslizó entre los que compartíamos experiencias en ese congreso.

Bebo moderadamente y jamás intento convencer a nadie de lo que debe o no debe hacer con su vida, pero en Galicia, tan bella, tan verde, tan melancólica, he vuelto a aprender una lección que ya me sabía pero que intentaré no olvidar: pocos se libran de las quemaduras si juegan con fuego un día sí y otro también.

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