El abuelo
4 August, 2008
Por: Félix Lázaro
Recientemente se ha celebrado el Día del Abuelo. Pues bien, a mi estas celebraciones me resbalan y me parecen una majadería, porque parto de la base de que todos los días son días del padre, de la madre, del abuelo, de la abuela, del nieto y de toda la parentela. Todo nació, hace ya muchos años, en la cabeza de un venerable anciano al que tuve la oportunidad de conocer a finales de los 60. Era asturiano, se llamaba Pepín Fernández, y había inventado Galerías Preciados, unos grandes almacenes que causaban furor en la época. Don José, que antes había sido emigrante en Cuba sacó de su imaginario una frase que hizo fortuna, en el más amplio sentido de la palabra: Practique la elegancia social del regalo. Dió en la diana y todos nos pusimos como locos a regalarnos cosas, aprovechando que el prójimo cumplía años, que se llamaba Pepe, que había nacido el hijo del portero o que la niña del vecino hacía su primera comunión. Elegantes puede que seamos, pero yo estoy hasta los cataplines de que me marquen en el camino. ¡Y ahora vienen con el Día del Abuelo! Nadie puede imaginarse cuánto me alegra que mis nietos no hayan mordido el anzuelo consumista. Muy bien chicos. Porque yo me siento abuelo todos los días del año. Bueno, abuelo, o agüelo, yayo o como prefieran mis adorables enanos, porque nada hay más agradable, al llegar a cierta edad, que verse rodeado por unos jovencitos con desmedido apetito por aprender.
Y llegado a este punto debo confesar que no salgo de mi asombro al leer los resultados de una encuesta que asegura que 7 de cada 10 niños desearían vivir con sus abuelos en el mismo hogar. ¿Quiere decir ésto que los hijos de nuestros hijos no están agusto con sus padres? Asombroso. O, acaso, ¿no será que muchos padres descuidan sus deberes y endosan al niño a sus abuelos? Curiosa materia de reflexión. El mismo sondeo señala que el 90% de los encuestados se declara encantado de su papel de cuidanietos. Tampoco me lo creo, porque conozco a muchos abuelos que padecen sobredosis nieteril y que juran en hebreo por la reiterada insistencia en la demanda de sus servicios. Reivindico mi derecho a ser abuelo todos los días del año, quizás porque pienso que los hijos deben ser educados por sus padres que ya estamos los abuelos para hacer cariñosas concesiones. Y, si no lo digo reviento, conozco también abuelos maltratados, víctimas de jóvenes padres. Pero vamos a lo importante, la relación entre los protagonistas. Es cierto que la juventud tiene derecho a protagonizar su bendita rebeldía, pero tienen que respetar las reglas del juego. Respetar es la primera lección que deben de aprender nuestros jovencitos.
Superada esta prueba todo será mucho más fácil. Porque a nuestros angelitos, según la mencionada encuesta, lo que menos les gusta de sus abuelos es que les regañen o se enfaden (45%) o que les controlen demasiado (22%). Esto los pequeñitos, porque cuando cumplen los 15 años se eleva el desencanto. En fin, dejémosles crecer y expandir su vitalidad. Y dicho ésto, el abuelo plasta que soy, siente la necesidad de confesar a sus lectores la enorme fortuna que significa para mí disfrutar de cuatro nietos (más uno en camino). Fortuna que se incrementa con la evidencia de no ser abuelo maltratado, sino muy querido. Por todo ello rechazo de plano esa idea del Día del Abuelo, estupidez consumista como tantas otras.



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