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Señor de ojos azules. Paul Newman

8 octubre, 2008

paul_newman.jpg Por: M. C. González Benito

El viernes 26 de septiembre se cerraban para siempre los más bellos ojos azules del cine. Paul Newman moría,rodeado de quien ha sido su mujer durante más de cincuenta años, Joanne Woodward, y de sus hijos, en su rancho de Connecticut. Allí vivía desde hace cuarenta años, alejado del bullicio y la superficialidad de Hollywood, aunque sin renunciar nunca a su extraordinaria carrera artística.

Este hombre, más allá del magnífico actor y de su belleza casi perfecta, es ejemplo de muchas cosas. Su vida privada ha sido, efectivamente,  privada. Era amante del deporte: le apasionaban los coches y participó, hasta más allá de los sesenta y tantos años, en carreras deportivas. De hecho, fue subcampeón de las 24 horas de Le Mans.

Demócrata convencido, ha luchado activamente contra el racismo, las guerras, sobre todo la de Vietnam -lo que le valió la enemistad personal de Nixon, algo de lo que siempre presumía el actor- y representó a su país ante la ONU para hablar de desarme.

La discreción ha sido una constante en su vida. Hasta para morir ha elegido la tranquilidad de su rancho de Westport y la compañía de los suyos. Tras someterse a diversos tratamientos en su lucha contra el cáncer, prefirió disfrutar en la intimidad sus últimos días. Los medios, tan ávidos de noticias y escándalos en un mundillo tan escabroso como el de Hollywood, han respetado siempre a Paul Newman y a su familia.

La muerte de su hijo mayor por una sobredosis de drogas le llevó a crear una fundación para tratar los problemas de la drogadicción. El altruismo, una de sus permanentes virtudes, se muestra en la donación de más de doscientos millones de dólares a esta fundación -la Newman’s Own Foundation, creada con los beneficios de su famosa salsa para ensaladas- y a otras causas benéficas.

Esta forma de ser y de vivir la ha sabido transmitir a sus hijos. Tras su muerte, fue su hija quien, con una dulce sonrisa, atendió a los periodistas que esperaban a las puertas del rancho. Ante las preguntas acerca del recuerdo que Paul Newman dejaba, ella se limitó a decir: «Si quieren recordar a mi padre, lleven un plato de sopa a un amigo enfermo, o donen dinero a una causa benéfica y, sobre todo, vayan a votar». En esa frase sencilla se unían los grandes conceptos que Paul Newman, el hombre, siempre siguió: el amor por los suyos, la ayuda a los más desfavorecidos y la necesidad de participar, como ciudadano,
en la política.

Los datos de su biografía carecen de escándalos: Paul Leonard Newman nació el 26 de enero de 1925 en Cleveland (Ohio). Ni siquiera cambió su nombre real para dedicarse al cine, aunque la mayoría de los actores y actrices lo hacían, por consejo de los especialistas en marketing de los todopoderosos estudios cinematográficos. A los 19 años se alistó en la Marina y, a su vuelta a la actividad civil, estudió Economía, aunque ya tenía claro que su pasión era la interpretación.Se trasladó a Nueva York para estudiar en el prestigioso Actor’s Studio de Lee Strasberg, con la intención de convertirse en director. Lógicamente, su espectacular físico hizo que los especialistas le dirigieran hacia la interpretación.

Su primera película, en 1954, fue El Cáliz de Plata, un peplum de los de la época, del que él mismo abjuró toda su vida por la «penosa interpretación realizada» y por aparecer en ella «con una minifalda de hojalata». Tal aversión le produjo este film que, años después, cuando ya era un actor de reconocido prestigio y fama mundial, se permitió pagar un anuncio a toda página en los diarios de Los Ángeles, pidiendo disculpas a los espectadores porque El Cáliz de Plata iba a ser estrenado en televisión.

El actor
No ya sólo los aficionados al cine, sino cualquiera que haya visto películas, aunque sólo sea con la intención de pasar el rato, saben-sabemos- que Paul Newman es uno de los más grandes. Sus interpretaciones dejan huella, su técnica es perfecta y su personalidad hace que el espectador «se enganche» al personaje. Es magnífico interpretando perdedores, hombres fuertes, inadaptados, enamorados, inocentes. Da igual, su magnetismo es tal que atrae siempre.

Un hombre tan guapo habría estado condenado a interpretar papeles de galán. Pero Newman, además de guapo, era inteligente, discreto y conocedor de sus aptitudes. Por eso, en los años sesenta negoció su libertad con la productora Warner, para poder elegir sus papeles y se retiró a su rancho de Connecticut.

Hasta esa fecha, y además de la olvidable El Cáliz de Plata, había rodado Marcado por el odio, donde recreaba la dura vida del púgil Rocky Marciano, El largo y cálido verano –cuando conoció a Joanne Woodward, el amor de su vida- La gata sobre el tejado de zinc, con Liz Taylor, El Zurdo, Desde la terraza, Éxodo, El Buscavidas –inolvidable su papel de Eddie Felson, que se repetiría, 25 años después, en El color del dinero- o Dulce pájaro de juventud. Todas ellas grandes películas y, sobre todo, extraordinarias interpretaciones.

Una vez liberado de la presión de los estudios y tras haber compartido cartel con las mejores actrices de la época y también con las más bellas, encontró una pareja cuya química entre ambos perdurará para siempre. Rodó con Robert Redford Dos hombres y un destino en 1969. El éxito fue total. Parecía imposible que dos grandes actores, mimados por el público y la crítica y, por tanto, con un ego importante, pudieran compartir cartel y planos sin los celos y las envidias propias de Hollywood. Pero se trataba de dos hombres especiales: sencillos, bromistas, simpáticos, inteligentes, cultos y con afinidades ideológicas.

El resultado fue espectacular y, cuatro años más tarde, rodaron El Golpe. Otro taquillazo y otro ejemplo de que la calidad interpretativa y humana de ambos garantizaba el éxito. Su inteligencia les indicó, además, que no es bueno agotar el filón y ésta fue su última colaboración en la gran pantalla, aunque la amistad haya permanecido.

En 1984, seis años después de la muerte de su hijo Scout por sobredosis, Paul Newman dirigió e interpretó Harry e hijo, cuyo guión también era suyo. Se ha dicho de esta película que es su obra más personal. Ciertamente ha de serlo, pues parte de su propia idea original y él mismo la rodó, además de interpretarla. En ella da salida al desgarro que le produjo la muerte de su hijo.

Su última película –¡qué gran interpretación!- ha sido Camino a la perdición, rodada en 2001,cuando el actor ya tenía 76 años y había demostrado lo que es actuar en Mensaje en una botella, un melodrama cursi y aburrido interpretado por Kevin Costner, que sólo se salva por el magnífico papel secundario que en ella realiza Paul Newman.

Ha sido, en suma, un gran actor, capaz de hacer reir, llorar, sufrir o mantenernos en la intriga en cada una de sus interpretaciones. Ha actuado con mejores y a todos ha sabido dar réplica. Siempre supo escoger los guiones y también demostró su calidad como director. Siete nominaciones al Oscar como Mejor Actor, un Oscar por El Color del dinero, en 1987 y un Oscar honorífico a toda su carrera en 1986 son buena prueba de su calidad.

La belleza
Todo lo dicho sería poco, sin reconocer una de las grandezas de Paul Newman. Era un hombre tremendamente guapo, escandalosamente guapo. Con motivo de su muerte, Maruja Torres ha escrito un precioso artículo en El País que ha titulado «Guapo hasta morir». Lo suscribo. Creo que cualquier mujer lo hará. Era tan guapo que, como a veces se ha dicho, dolía. Tan guapo que los hombres también han sabido reconocerlo. Nunca ha sido para ellos un enemigo a batir o un competidor. Reconocían que, con él, no hay competencia posible.

Sólo un ejemplar de tal belleza ha podido envejecer como él lo ha hecho. Con absoluta dignidad. Ha seguido siendo guapo siempre y siempre atractivo y viril. Sí, con él no hay competencia posible.

Su cabeza era perfecta, hueso a hueso: la frente, los pómulos, las mandíbulas. La boca, sensual pero masculina, capaz de besar, de musitar, de sonreir o de despreciar. Tan sólo la nariz, de tabique un poco desviado, le confería el punto de imperfección necesario para parecer real y no ser considerado un dios o una estatua griega.

Y los ojos. ¿Qué decir de sus ojos que no sea evidente? Sin duda, los más bellos ojos azules del cine, y ha habido muchos. No tenían ese azul transparente, casi de cristal, que siempre llama la atención. Su azul era compacto, de un tono turquesa que trascendía del iris y se reflejaba más allá. Realmente, sus ojos, son capaces de irradiar. Tanto es así, que hasta en las películas o fotografías en blanco y negro destaca el azul de su mirada.

El largo y cálido verano, rodada en 1958 en technicolor, descubrieron al mundo el azul de los ojos de Paul Newman. Y el mundo nunca podrá olvidar ese color. Ni esa mirada. Pícara en ocasiones, triste en otras, dura, desafiante, despreciativa, agotada… Era capaz de mostrar cualquier registro con la mirada. Sus ojos reían -o sonreían pícaros- antes de que lo hicieran sus labios.

Una prueba de lo que esos ojos suponen es que, si tomamos cualquier fotografía de Paul Newman y tapamos todos sus rasgos, excepto uno de sus ojos, cualquiera será capaz de identificarle … ¡Incluso con una foto en blanco y negro!

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Comentarios

Un comentario para “Señor de ojos azules. Paul Newman”

  1. Raquel en octubre 27th, 2010 2:10 pm

    Estoy completamente de acuerdo en todo este comentario, pero para mi si que era perfecto e irrepetible ,era el mejor ,el mas guapo, el mas leal ,el mas desprendido , el mas simpatico, el mejor actor, el mas altruista….. el mas de todo.

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