Queridos Reyes Magos:
4 diciembre, 2008
Por: Fernando Jáuregui
(Supongo que hay que empezar así toda carta a los Reyes. Es lo convencional)
Os escribo para deciros que os he descubierto. Que sois falsos como el falso oropel, como las coronas de cartón que utilizan quienes tratan de representaros en las cabalgatas. Pero a mí no podéis confundirme. Lo sé todo. Sé quiénes son los Reyes Magos.
En realidad, no tengo nada que pediros. Así de sosa es mi vida. No imagino qué es lo que más anhelo. Sé que alguien, que no vosotros, me regalará una camisa, un batín de cuadros, unos calzoncillos, qué sé yo. O puede que unos gemelos, aunque ya tengo de todo eso. En realidad, tengo de todo lo que una persona normal, vulgar como yo, puede desear: un coche, una casa, un trabajo (por ahora), una mujer, dos hijas, veintitrés corbatas, tres trajes, una chaqueta blazer. Y un perro. También algunos libros -por favor, no me traigáis libros: siempre me quedarán por leer muchísimos más de los que pueda devorar; sobre todo, libros no-. Me queda el recurso, para cubrir el expediente, de pediros las grandes cosas: Paz Para El Mundo, Que la Crisis No Acabe con Nuestro Ánimo -o, mejor, que se supere la puñetera crisis, este mismo mes, si puede ser, que la cuesta de enero viene especialmente empinada este 2009-. Justicia, Igualdad, etcétera.
Pero sé muy bien que vosotros, por muy magos que seáis, no llegáis a conseguir imposibles. Podéis, quizá, traer juguetes a los niños, carbón al casero, unas zapatillas calentitas para mí. Pero de las Grandes Palabras, esas que tanto gusta esgrimir a Zapatero cuando va a una cumbre del mundo mundial, ni una. Ya digo: esas palabras son las más pronunciadas y las menos empleadas. Y vosotros carecéis de poder para imponerlas. Nadie puede vencer la mísera condición de los humanos. Así que, en realidad -ya digo que os he descubierto- carecéis de todo poder, porque carecéis de la facultad de cambiar el mundo.
Tengo un amigo mago -pero no rey; puede que incluso sea republicano, no se lo he preguntado nunca- que dice que la magia está en nosotros mismos. El mérito está en conseguir que nuestro subconsciente se niegue a encontrar dónde está el truco. Preferimos no verlo, porque, una vez que descubres el mecanismo del milagro, ya no hay milagro. Puede que lo vuestro, mis Reyes, sea más o menos lo mismo: mucho lío con el oro, el incienso y la mirra y, en el fondo, todo es un engaño que nosotros mismos
propiciamos, porque la vida, sin ilusión -es decir, sin una cierta dosis de engaño-, es casi nada.
Por eso os escribo. Porque, admitiendo vuestra existencia, convenciéndome de que en alguna parte del lejano o mediano Oriente recibiréis esta carta, mantengo encendido el sagrado fuego de la esperanza en lo imposible, en la utopía. Es decir, prolongo aquella niñez en la que dejábamos cáscaras de plátano para los camellos y nos acostábamos con la incertidumbre de lo que encontraríamos cerca de nuestros zapatos por la mañana. Yo no quiero nada en los zapatos, ya digo. Sólo os pido que pueda seguir creyendo en que alguien, en alguna parte, sigue creyendo en vosotros. Sois magos: engañadme.







Comentarios
¿Tienes algo que comentar?