Vidas (poco) ejemplares
13 febrero, 2009
Por: Félix Lázaro
Menos mal que no soy millonario, pese a que he pasado la mayor parte de mi vida soñando con serlo y mirando de reojo a los ricachones, con sus cochazos y con sus rubias despampanantes. Así al menos nos los enseñaban en las películas, desde aquel inmortal Tío Gilito, el más rico de todos los ricos, que llenaba sus piscinas con monedas de oro, hasta el inolvidable James Dean en Gigante, que hizo fortuna con el petróleo. Y con el oro negro se forraron también los protagonistas de Dinastía, los Carrington y los Colly. Otra que también se lo montaba bien era la malísima Angela Channing, con sus viñedos de Falcon Crest. La lista, por supuesto, podríamos hacerla interminable pero los nuevos tiempos han cambiado mucho y ahora son personajes de carne y hueso los que protagonizan el peliculón del siglo, La Crisis, cine negro a tope.
Ser millonario ahora, según parece, ya no es tan apetitoso o, dicho de otra manera, se ha convertido en un negocio de alto riesgo. Los ricos de hoy están sufriendo de lo lindo, como se puede comprobar cualquier día echándole un vistazo a cualquier periódico. Ni un día sin quiebra, sin suspensión de pagos, sin hecatombes financieras…y lo que es peor, mucho peor, necrológicas de postín que ni el más atrevido autor de novela negra se hubiera atrevido a imaginar. Una vez más la realidad se ha impuesto a la ficción.
Han sido unas navidades muy malas para los hombres que manejaban el dinero de todos. Empiezo por el final: Adolf Merkle, el cuarto hombre más rico de Alemania que decidió acostarse para siempre en la vía del tren por no poder hacer frente a una deuda de 16.000 millos de euros. Resulta terrible comprobar como en pocas semanas esta mortal epidemia financiera se ha llevado por delante un puñado de los que hasta hace bien poco se comían el mundo. Thierry de la Villehuchet se cortó las venas porque su compañía perdió más de 1.000 millones de euros de sus clientes. Steven Good, presidente de una de las inmobiliarias más importantes de los Estados Unidos, se suicidó en el interior de su lujoso Jaguar. Eric Von der Porten perdió el 40% de los fondos que administraba y decidió quitarse la vida en su casa de San Francisco. Paulo Sergio da Silva,36 años, corredor de bolsa, apretó el gatillo en plena sesión de la Bolsa de Sao Paulo-Khartik Rajaran también eligió el revólver para «celebrar» la quiebra de su empresa. Kirk Stephensen, 45 años, se tiró al metro de Londres. Barry Fox, prefirió hacer el salto mortal desde la planta 29 del edificio en el que trabajaba. Edwin Rachleff tenía 82 años y también tuvo la infeliz ocurrencia de lanzarse al vacío y, finalmente, Scout Coles, presidente de banco y multimillonario, de 48 años, se sirvió un cóctel de fármacos para despedirse de este mundo. Terrible. Y ésto, supongo, es sólo un apunte de lo que se nos viene encima. Esta es la crisis, señores. Así de triste, de dura, de desgarradora es ésta plaga que nos invade y que, de una u otra manera, nos va pasando factura a todos, incluso a los «valientes » que no han aguantado hasta el fin de la película.
¡Pobres ricos! Este ramillete de vidas (poco) ejemplares, estos sacrificios en cadena, me ponen los pelos de punta. Está claro que el dinero no lo es todo, como ya dejó escrito don Pío Baroja:»Lo que me ha perdido, dijo el hombre, es el dinero. Si hubiera tenido que trabajar para vivir hubiera vivido mejor. Creo que el trabajo es lo único decente en la vida. Lo demás no vale nada.
¿Qué tiene que pasar por la cabeza de un hombre para tomar una decisión tan trágica y precipitada? Algo muy gordo, desde luego, como lo que está pasando éstos días por la de Ramealinga Raju, 54 años, en la cresta del éxito hasta hace pocas fechas por haber fundado y presidido la cuarta empresa de telecomunicaciones de la India. Ha enviado una carta a sus 54.000 empleados declarándose culpable del mayor fraude de la economía de su país. A continuación desapareció.
Y después de todo esto me pregunto: ¿vale la pena ser rico? Probablemente sí, pero sin querer acapararlo todo, sin jugarse lo que no es de uno. Todo lo que les he contado es cierto, aunque cueste digerirlo. E insisto: ¿vale la pena ser rico? Para terminar de la forma en la que lo han hecho los protagonistas de este artículo, rotundamente no. Yo, desde luego, me conformo con el cariño de los míos, con mi pequeña colección de amigos, con mi renqueante salud, con ver el sol (o la lluvia) todos los días… En fin, con esas pequeñas/grandes cosas que son las que realmente valen la pena o, dicho de otra
manera, el mejor de los tesoros.







Comentarios
¿Tienes algo que comentar?