Despropósito de enmienda
17 abril, 2009
Por: Noe Martínez
No soy yo supersticiosa per se pero lo cierto es que sí me condiciona mi cualidad (sí, sí, cualidad) de torpe natural y por naturaleza. No digo yo que esta cosa mía sea un sindiós pero sí un rasgo de mi carácter con el que he aprendido a vivir(me).
Marzo fue el mes del balance vital por excelencia así que, no siendo yo de otra materia gris que el resto de mis congéneres, el día uno, y con la garganta aún resentida del ataque de tos post-uvacampanera, me dispuse a hacer recuento de lo más granado en situaciones singulares de las que he salido cuasi airosa, cuasi ilesa. Y no, no penséis que la cosa pasaba por hacer inventario de pupas y entretenerme arrancando las postillitas. Más bien, pretendía fijar un manual de femenina emergencia frente a reincidentes ataques de Noemitis Agudísima en grado mil cuatrocientos. Tras un duro trabajo de campo, he establecido un podio de honor en torpezas antológicas que creo imposible volver a repetir (porfitas, porfitas, porfitas). Así pues, como regalito tardío de Reyes o de San Valentín, aquí os dejo mi oro, mi plata y mi bronce. Había más dislates optando a medalla pero se han quedado a la puerta del accésit.
Omeprazol y estornudos. 9.56 A.M. de un domingo cualquiera, mientras hierve el agua para el té, me meto una píldora de antiácido en la boca que hago bajar garganta abajo sin líquido alguno. Noto que no la he tragado del todo pero decido seguir intentándolo a golpe de saliva. Un fallo de coordinación con entre las tostadas, la tostadora y mi persona, provocan un pseudo incendio en mi cocina (nunca os fiéis de una tostadora con función Mantengo la tostada caliente porque te manda el bollo a morenear a Mallorca en un pispás). Rauda y veloz, abro la ventana para sacar el foco de fuego (anteriormente conocido como pan) de la cocina. Fuera nevaba de lo lindo, así que un golpe de frío repentino me hace estornudar ¡Aaaatchíííís ! Para mi sorpresa, por la nariz me sale polvito blanco. ¡Polvito blanco! ¿Pero cómo polvito blanco? Tras un segundo y medio de confusión, un sabor amargo que te da la mala malaya, me recuerda que el omeprazol seguía atorando mi glotis. Bueno, ya no, ahora estaba en mi nariz. Y en mi mesa. Y en mi pijama. Y sobre mi tetera. Y encima de la puñetera tostadora que ahora volvía a tener la oportunidad de quemarme las tostis espolvoreadas de medicamento. Fuera nevaba, dentro también. Let s it snows, let s it snows!
Lavado de dientes vs gripe = cuidadín, cuidadín Fiebre, dolor de cabeza, ojos como gominolas, boca seca como un Scotchbrite, qué maldecir de la gripe que otro no lo hubiese hecho antes. Tras mentirme diciendo que medio yogurt desnatado y un Colacao es una comida copiosa para quien come sin ganas, me dispuse a lavarme los piños. Todo iba bien hasta que mi media castaña entró en el baño sin avisar y encendió la luz. El fogonazo de claridad me hizo estornudar (once again, sí, sí) y el espasmo incontenible me pilló con la boca llenita de espuma y el cepillo cerca de la campanilla. El adverbio cerca es acertado pero no exacto ya que la proximidad se hizo extrema y acabé traspasando con el cepillo el péndulo cárnico que todos sabemos que domina las arcadas. Tras tal cepillado de urgencia a tooooooda mi faringe, volví en mí a golpe de vomitona y de ¡Cari, eu desta morro!
Las cremalleras ya no son mis amiguitas. Probarse ropa en rebajas es, además de un prodigio, un deporte de riesgo si lo haces con prisa porque el tienes el coche aparcado en la zona de carga y descarga y la grúa sobrevuela tu día de shopping feliz. Aclarado este punto, imaginar mi testarudez por subir una cremallera atascada tiene que ser cosa fácil. Vale, tira, tira que te tirará, estoy dale que dale para que aquel pantalón se cierre de alguna *ç¨^*# manera. ¡Aaaaaayyyyyy! Un dolor agudo me anuncia que por fin lo he conseguido aunque para ello me hubiese dejado la piel en el intento (literalmente). Tras un recuento velocísimo al santoral, intento soltarme de aquella trampa pantalonera y que mis carnes prietas se liberen de entre los dientes metálicos de la dichosa cremallera. Arriba, abajo. Arriba, abajo. ¡Aaaaayyyyy! Como sólo hay algo peor para mí que yo misma pero en versión nerviosa, en lo que parecía ser la solución a mis dolores, acabó siendo un triple atropello de chichita caderil a cada cual más intenso. De aquella lid con la moda, guardo cuatro pequeñas cicatrices en fila que parecen el sendero de estrellas que debió seguir el Apóstol para llegar a Compostela. Y al albor de lo dicho, beibes, ¿soy o no soy un casiño para con mi yo, mi, me, conmigo?







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