Que perra vida
16 abril, 2009
Por: Félix Lázaro
Lo que me llama la atención de los periódicos, en estos atormentados días que nos ha tocado vivir, no es que estén mejor o peor escritos. De eso nada, lo que de verdad me asusta es el hecho de ponerles la vista encima, porque me produce vértigo comprobar sus contenidos. Ya me gustaría encontrarme con informaciones que aliviaran un poco mi tormento. Todos los periódicos -y miren que me duele decirlo- son un manojo de necrológicas, porque diariamente se mueren miles de pequeñas y medianas empresas, los trabajadores se van al paro en procesión interminable…En fin, no sé que hacer ante estos clarines del apocalipsis. No puedo pedir a los lectores que dejen de comprar, al menos, un diario. Sería un delito de alta traición, por tratarse del oficio que más he amado y amo del mundo. En consecuencia, creo que es mucho más aconsejable solicitar a mis colegas que hagan un esfuerzo para convencerme de que el futuro todavía existe. Entre otras cosas porque, de seguir así, todos los periodistas terminaremos especializándonos en necrológicas. ¿Qué otra cosa hacemos diariamente que no sea firmar certificados de defunción? Una idea que se me ocurre, mientras amaina el temporal, es que todos/as nos vistamos de luto riguroso para sensibilizarnos con la difícil situación. Bueno, los ricachones podrían tener bula porque las crisis con pan son menos. Tampoco estaría mal que los pudientes circularan por la misma acera, mientras el resto lo hiciéramos por la contraria, para evitar contagios.
Así están las cosas. Mal, hasta el punto de que yo he pensado escribirle una carta al señor Solbes para que haga con mi hacienda y con mis deudas lo mismo que acaba de hacer con la caja de ahorros de Castilla la Mancha. Es la única forma de que cobren mis acreedores. Pero este señor ya es historia (ZP dixit) y tendré que vermelas con la señora Salgado.
Pero bueno, me estoy deslizando por un terreno peligroso, porque ni Solbes, ni Zapatero harán nada por mí. Lo tengo asumido y, como consecuencia de ello, estoy un poco desencantado. Por eso me produce tristeza infinita el hojear los periódicos cada mañana. Pero no voy a caer en la tentación. Hay que comprar los diarios siempre y en cualquier circunstancia, porque estoy convencido de que todos los días, en cualquier rincón de cualquier página, el lector puede encontrar una noticia amable que le provoque una sonrisa, una guinda de ternura que compense tanto sufrimiento. Algo parecido me ocurrió recientemente leyendo «La Voz de Galicia». No se trataba de una historia humana, pero casi. Era una noticia entrañable que tuvo por escenario la localidad sonense de Portosín. Una historia perruna, protagonizada por un chucho conocido como Cholo, que había sido recogido por unos vecinos que le curaron de una profunda herida en el cuello y le dieron de comer. El perro tras reponerse desapareció durante algún tiempo para retornar meses más tarde. Hasta aquí todo normal. Sin embargo, Cholo obró un milagro que, a buen seguro, enternecerá al mismísimo Pastor alemán que habita en el Vaticano (dicho esto último con mucho respeto).
Verán: el chucho acude puntualmente todos los días a la misa de las siete y media. Se sienta entre dos tumbas a la entrada de la iglesia y, respetuosamente, aguarda a que finalice la ceremonia. Es, sin lugar a dudas, un canino casi santo. Y sus fervientes admiradores dicen de él que «sabe muy bien la hora del oficio y, cuando el señor cura tarda un poco más de lo habitual, le da un ladrido para regañarle».Yo no lo he comprobado, pero me apetece creerlo, porque noticias como ésta son las que me levantan la moral y me invitan a comprar el diario. Y, además, me hacen soñar con la perra vida de Cholo, porque la humana vida de los demás se está poniendo imposible.
Cuando yo estudiaba periodismo, hace ya un porrón de años, decían que la noticia era un hombre mordiendo a un perro y no un perro mordiendo a un hombre. Pues va a ser que no. Noticia son Cholo y su cita diaria con el altar. Esto, pienso, debe de ser la fe. Y fe, insisto, es la que necesitamos todos para salir de este bache. Recuperar el optimismo debiera ser asignatura obligatoria y, en consecuencia, los medios de comunicación juegan un papel trascendente. Yo, al menos, necesito todos los días un cucurucho de papel impreso, con un puñado de optimismo que me permita seguir pensando que la vida puede valer la pena. Sobran rencor, desesperanza, despecho, y faltan buenas noticias. Nos ponemos a la espera.







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