Perra vida
7 octubre, 2009
Por: Félix Lázaro
Hace pocos días, lo prometo, vi por primera vez un perro con gafas. De la mano de su propietaria, el can paseaba por las inmediaciones del Retiro madrileño, provocando la curiosidad de los viandantes, que le dedicaban una cariñosa sonrisa. Fue entonces cuando me pregunté cómo se graduaría la vista el mejor amigo del hombre. Me lo imaginaba sentado ante el cuadro luminoso con letras que pronto se hacen imposibles. Quizás sean números a los que el animal respondería con ladridos. Lo ignoro, pero supongo que esta cuestión está suficientemente resuelta.
Pero, por qué puede necesitar un cadelo el uso de lentes. Sin duda, porque no lo ve claro, supuesto éste que me parece de lo más lógico porque aquí y ahora no lo ve claro ningún bicho viviente. Esta es la perra vida que nos podría igualar a los de cuatro patas con los de dos. Sin embargo, yo estoy convencido de que los perros son mucho más listos que sus amos. De momento ya se han puesto gafas y esto es sólo un primer paso para alcanzar la igualdad con los humanos que, más pronto que tarde, puede ser una realidad. Obsérvese el fenómeno en cualquier parlamento de la patria nuestra, donde los señores diputados no hablan, ladran. No creo que nadie pueda demostrarme lo contrario.
El señor perro, cada día más, se acerca a las costumbres de sus amos. En invierno les vemos paseando con sus trajecitos y los más afortunados se sientan a la mesa con sus amos, hacen sus revisiones dentales puntualmente y viajan en cómodos automóviles. ¿Y qué me dicen de esos miles y miles de señores/as que pasean a su animal con una bolsita negra en la mano para recoger sus heces? Es la evidencia de quién impone su ley. Bromas aparte, esta vida nuestra se ha ganado a pulso el calificativo de perra, en su versión más despectiva. No hay más que ver cómo engordan las cifras del paro. O abrir un periódico cualquiera, por una página cualquiera. Todas son noticias para echarse a temblar. Una vueltecita por Milladoiro y Bertamiráns y observar cómo se prodigan los carteles de «se vende»,»liquidación», etc, son una buena muestra de lo que les cuento.
En definitiva, todos son ladridos desmesurados y, en ocasiones, sólo falta que los señores diputados se líen a mordiscos. Pero, al paso que vamos, todo es posible. Me pregunto, además, si no es perra vida que a uno le pongan de patitas en la calle apenas cumplida la treintena o que le larguen del piso por no poder hacer frente a la hipoteca. Perra vida, sí. Yo, de verdad, creo que pronto voy a envidiar a los canes, con sus abrigos, con sus gafitas, con sus espacios reservados para el ocio, con sus señores/as que les recogen la caquita. ¡Qué maravilla! Además, no tienen que escuchar promesas imposibles. Es una evidencia que la sociedad actual se está deshumanizando y la duda es saber cuál será el final. ¿No será que se están cambiando los papeles? Pues a lo mejor resulta que la especie canina está en el proceso inverso. Allá ellos, los señores perros, pues se van a enterar de lo que vale un peine. Porque perra vida -lo que se dice perra vida- la de millones de españoles que apenas tienen lo justo para ir tirando.
¿Y qué decir de los nuevos impuestos? Yo creía que no había lugar para «nuevos», porque ya estaba el cupo completo. Qué equivocado estaba pues los ayuntamientos, especialmente en las grandes ciudades son de una voracidad extrema. Cobran, y mucho, por todo. El último invento de un señor que se llama Gallardón es la «tasa por prestación de servicio de gestión de residuos urbanos». En mi caso 180 euros. ¡Manda carallo!







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