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A rabiar

2 December, 2009

Por: Francisco Cantalapiedra

Aprovechando que entramos en Navidades, espero que caiga alguna botellica de vino (señora directora, tome nota), bebida que, por lo menos a mí, me gusta a rabiar. Todos los amigos con los que hablo de este tema reconocen que en los últimos quince años la calidad del vino ha mejorado muchísimo, con independencia de la denominación de origen que tenga.

Antes, hablar de vino de La Mancha era imaginarse una úlcera, hacerlo del de Aragón era un seguro hacia la hemorragia digestiva, o cuando se pedía vino de Toro te lo servían siempre acompañado de cuchillo y tenedor para poder cortarlo. Recuerden también que en la ya más que famosa Ribera del Duero, el caldo predominante era el clarete y no el tinto que se hace ahora, o que los llamados vinos de Rueda sólo se utilizaban para cocinar o para alegrar el consomé grasiento e invernal.

Pero ahora las cosas han cambiado y los enólogos, esos magos tan bien pagados, han conseguido vinos espléndidos en casi todas las regiones españolas, a cambio, claro está,
de haber subido los precios hasta el punto de tener que pensárselo cuando se sale de bares, ya que a veces es más barato un gin tonic que un tinto de reserva, que además no dura nada porque tiene menos contenido.

Pero, en fin, las cosas buenas hay que pagarlas, aunque sin olvidar que bajo las denominaciones de origen también se esconde auténtica basura capaz, como antes, de dejarte seriamente dañado el estómago.

Con este panorama no es de extrañar que muchos vinateros con tanto dinero como ganan hayan cambiado el panorama de las bodegas. Antes, cuando el vino era malo, se hacía bajo tierra, como a escondidas, y en las cuevas donde se guardaba la gente  iba a merendar con los amigos y a embotellar algo para sacarlo al mercado con gran sacrificio. Ahora, las bodegas son edificios señoriales diseñados por los arquitectos más «guays» del mundo entero, capaces de levantar edificios estilo Gugenheim donde parece mentira que se elabore, se críe, se embotelle, empaquete, distribuya y venda algo tan natural y tan poco sofisticado como el vino. Visitar uno de estos edificios es recorrer pasillos y más pasillos donde, como diría mi madre, están tan limpios que podrían comerse sopas en el suelo; visitar salones de amplísimos ventanales donde huele poco a vino y mucho a lujo. Pero allí está descasando la próxima cosecha que nos soplaremos, si Dios y el bolsillo nos lo permiten.

Además, si ustedes han visto «El Padrino», quizá recuerden a Marlon Brando diciéndole con voz grave a su hijo menor Corleone: «Mikel, creo que me estoy haciendo viejo: cada vez me gusta más el vino», recibiendo una respuesta que hago mía: «No te preocupes, papá, el vino te sienta bien». ¿Les he dicho alguna vez que «El Padrino» es mi película predilecta? Si beben buen vino, tendrán Feliz Navidad!

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