Yo también tengo un plan
2 December, 2009
Por: Félix Lázaro
Menudo campañón se ha hecho Zapatero I de León (nacido en Valladolid) con su famoso Plan E que, como bien escribía el otro día Javier Marías, «consistió en soltarles a los Ayuntamientos -endeudados hasta el peluquín- un montón de millones para que acometieran obras absurdas e innecesarias ». Ignoro qué pastizal han dejado en Ames, pero yo no percibo que la calidad de vida de los ciudadanos haya mejorado sensiblemente. Todo lo contrario, porque en mis últimas apariciones por Milladoiro y Bertamiráns he visto más comercios cerrados y más caras de pena pululando por las calles que en anteriores ocasiones. No sé si será cierto o no, pero me han soplado que cierra el flamante Supercor. Me cuesta creerlo, pero de ser cierto tengo que hablar con don Isidoro, el mandamás de «el corte en las ingles», como dice mi amigo Tinín, para que me explique qué coño pasa. En mis tiempos se decía que tener un plan, por ejemplo, significaba tener una relación amorosa frívola y fugaz, como manda nuestra biblia de las letras. Y éste plan si que debería escribirse con mayúsculas, porque se trataba de un éxito en toda regla. Por supuesto, nada que ver con aquél otro llamado Plan Badajoz, que fue un invento de un ferrolano para callar a los extremeños. Hay también planes de pensiones, de vida, de estudios, de servicios, hidrológicos, económicos, urbanísticos y de muchas cosas más. Porque el que no tiene un plan resulta que no es nadie.
En estas estaba yo cuando de nuevo aparece en escena el señor ZP, para anunciarnos su Plan de Economía Sos-te-ni-ble. Este hombre es que no para. Menos mal que un amigo me aclara que lo que realmente nos ha querido decir ese señor de Valladolid disfrazado de leonés, no es otra cosa que Economía sos-te-mi-ble. Tal y como están las cosas parece que esto empieza a tener algún sentido. Y no entro en más consideraciones para que no me tachen de fascista, que es lo primero que te sueltan cuando haces el más mínimo comentario sobre la situación. En cualquier caso, le comento este tema al portero de mi finca que, aunque es del Atlético de Madrid y un poco rojillo, tiene buenas luces. Me mira a la cara y me suelta: «lo que ha querido decir el presi es que tiene un plan de Economía in-sos-teni- ble». En fin, que tengo eso hecho un lío y no me aclaro. Creo que la clave está en la sílaba sos y recurro nuevamente al espabilaburros. No figura y me dice que la escrituras más cercanas son sioux y soez . Me pongo en lo peor o nos comparan con los indios de los valles del norte del Missisipi o directamente con los indignos o groseros. Y es precisamente en este punto, y pensando en todos mis compatriotas con tantas dudas como barajo yo, que me dispongo a lanzar mi Plan S.O.S., que es una llamada universal de solicitud de socorro. Pero mientras lo desarrollo les voy a contar una bonita historia a la que también podemos bautizar con el nombre de «Las gotas de Dios».
Dos hermanos japoneses Yuko y Shin idearon un cómic todavía sin final, que protagoniza el hijo de un prestigioso crítico de vinos que se rebela contra su padre, renuncia a beber vino y empieza a trabajar en el sector cervecero. Su hermano, sin embargo, es sumiller (catador de vinos). Fallece el padre y en su testamento deja escrito que sólo heredará su magnífica bodega el que primero encuentre los doce vinos que el padre considera los mejores del mundo y que equipara a los doce discípulos de Jesús. Y un vino más: el que representa esas «gotas de Dios». El hijo pródigo deberá ponerse al día para tener posibilidades de hacerse merecedor de la suculenta herencia. Esta historia ya ha vendido
más de seis millones de ejemplares en Japón, tres en Taiwan, Corea y Hong Kong y la edición francesa ya roza el medio millón de ejemplares. Los doce vinos seguro que existen, pero hay que dar con ellos. ¿Y las gotas de Dios? Es posible que también. Este es mi verdadero plan, que me parece infinitamente más sugestivo que cualquier otro que pueda ocurrírsele a un señor de León, de Valladolid o de cualquier otro lugar. Este Plan de las Gotas de Dios ha disparado las ventas en el Lejano Oriente, ha agotado muchos caldos y, lo que es peor, ha encarecido los precios.



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