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Charlatanes

12 febrero, 2010

Por: Francisco Cantalapiedra

No sé por qué, pero cada vez que escucho a los políticos hablar de los presupuestos me acuerdo de don Julián Palau, uno de los más grandes charlatanes que lo mismo vendía peines de carey que hojas de afeitar, sin olvidar un artilugio que cortaba los azulejos como si fueran de mantequilla y que sólo le funcionaba a él, porque al llegar a casa, el cacharro demostraba ser lo que realmente era: un penco. Los chavales de mi generación nos pasábamos las horas muertas escuchando a don Julián, cuyo negocio le cabía en una maleta de cartón que ponía en cualquier rincón de la ciudad, con especial predilección por las plazas.

No creo necesario explicarles a ustedes por qué mi mente relaciona a aquél monstruo de la palabra que vendía paquetes y más paquetes de cuchillas de la marca Better con estos fenómenos que salen en tromba a vender obras y más obras en forma de trenes veloces, autopistas, aeropuertos y viviendas, ayudas a los agricultores, a los ancianos y desvalidos y a ese señor que solo por pasar por delante de la maleta del señor Palau le había correspondido este bonito premio, este bonito regalo. Bueno, ni que decir tiene que el mismo día que salen en tromba unos a pregonar las bondades presupuestarias, lo hacen otros a criticar, que es algo
tan feo como si enfrente de don Julián se colocara otro pollo intentando convencer al auditorio de que la cuchilla arrancaba más que afeitar y ni siquiera era de acero inoxidable.

Y aunque da lo mismo que los presupuestos sean generales que autonómicos o locales, los primeros son los que encierran más palabras huecas y más tijeras melladas, porque de otra manera es imposible tragarse a pies juntillas toda la felicidad que anuncian, ya que si hicieran tanto como prometen llegaría un momento en que todo estaría hecho y no tendríamos ni que pagar impuestos ni escuchar pavadas. Me pregunto si estos nuevos “julianes” no se darán cuenta de que año tras año repiten las mismas promesas, las mismas autopistas, sin que cuando viajamos por donde deberían estar veamos movimiento de verdad, que ahora las obras públicas no se paran por problemas técnicos sino por falta de pasta. Pero, en fin, ahí están ellos, sin maleta de cartón pero llamando la atención de los paseantes para lograr su único fin:vender. Aunque sean motos.

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