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PEQUEÑECES

12 February, 2010

burj-dubai-4.jpgPor: Félix Lázaro

Una mañana del pasado mes de enero, todavía medio dormido por las coñas de los cambios horarios, me encuentro ante el rascacielos más grande del mundo. Me quedé boquiabierto, como no podía ser de otra manera, y lo primero que me pregunté -y sigo preguntándome- es quién fue el machote que puso la última piedra, o lo que sea, a tan sólo 818 metros de altura. Increíble. Uno, que  es de pueblo, había viajado a Dubai para ver el rascacielos pero, coño, esto es una verdadera pasada. Hacía tan solo un par de semanas que se había inaugurado el Burj Dubai, que así se llama el monstruito, y su puesta en escena ya había dado la vuelta al mundo. No es para menos, claro. Sin éxito intenté buscar alguna comparación con nuestro Ames querido, pero no había manera. Demasiados rascacielos y si uno comete la osadía de preguntar por cualquier cosa, allí se va a encontrar con que todo es lo más grande del mundo. Y puede que sí.

Dubai es uno de los siete integrantes de la Unión de Emiratos Árabes Unidos. Es un emirato relativamente joven en el que los mercaderes venecianos -hace cuatro siglos- se dedicaban al negocio de las perlas que ellos mismos recogían buceando. Fue más tarde protectorado del Reino Unido, hasta que en 1.982 consiguió su independencia. En poco más de veinte años, sin embargo, allí se ha obrado un milagro. O, quizás, una gran locura. Todo es tremendo, faraónico. Hoteles de siete estrellas, brazos de mar que entran caprichosamente en la ciudad, centros comerciales inmensos… Como botón de muestra una anécdota: tuve la oportunidad exclusiva de visitar una de las suites más lujosas y más caras del mundo. Una planta entera del imponente  hotel Atlentis, en Palma Jumeirah. Mil metros cuadrados de apartamento, habitaciones para invitados, majestuoso dormitorio principal, con dos cuartos de baño similares (para ella y para él), una mesa para una treintena de personas, una cocina industrial (con tres cocineros incluidos)… Carísimos mármoles, lujosas lámparas y todo por el módico precio de cinco millones de las antiguas pesetas. Sí, 30.000 euros diarios. El último inquilino, según me contó mi amigo, había sido Robert de Niro.

 -¿Es rentable este disparate?, pregunté.
 -Alquilándolo 25 ó 30 veces al año, sí.

Sigo con la boca abierta. Mi amigo me dijo que a él le gustaba más una de las suites que dan al gigantesco acuario del hotel (sólo 60.000 euros día). Tres plantas y en la habitación principal, frente al cabecero de la cama, toda la vista del acuario. Rayas gigantes y un enorme tiburón blanco, que se pasea inmutable por delante de mis narices. Lo dejo. Salgo a la calle y no muy lejos, me topo con el mismísimo hotel Burj Arab, con forma de gigantesca vela y también construido  sobre una isla artificial. ¡Siete estrellas! Y manda carallo que dice un amigo mío de Milladoiro. 

 En construcción está el complejo The World, 300 islas artificiales simulando el globo terráqueo, en las que se levantarán residencias de lujo, hoteles  cinco estrellas y centros comerciales. Por Rachid, a 35 kilómetros de Dubai, es como todo en aquellas tierras, el más grande del mundo. Un apunte sobre los inmensos centros comerciales (Mall). Grandes en extensión y decorados sin regatear ahorros. Puedes entrar a las diez de la mañana y salir a las doce de la noche. Allí están todos, incluidas las grandes firmas y, por supuesto, las españolas Zara, Cortefiel, Massimo Dutti, Mango… No falta detalle. El centro que tiene una macropista de ski incorporada, tiene canales para pasear en barca. Y todos, todos, lujosos restaurantes, terrazas, peluquerías… En fin, déle rienda suelta a la imaginación y se encontrará, seguro, con todo cuanto pueda imaginarse. Prometo que en un próximo número ampliaré la información. Pero yo vuelvo al “lugar del cr imen”, a
sentarme ante la Espada de Dubai, como se me antojó bautizar a este bicho de 180 pisos y de 58 ascensores que suben 10 metros por segundo. Continúo sin salir de mi asombro. La Torre de Madrid, en los años sesenta, fue bautizada como la “Torre del coño”, porque cuando llegábamos los provincianos echábamos la cabeza hacia atrás y los pisos los contábamos con un coño, coño, coño…Y digo yo, cómo tendríamos que llamarle a este angelito que puede verse desde 95 kilómetros de distancia, que costó 4.000 millones de dólares USA y que su base tiene la forma geométrica de una flor. No lo sé, pero mientras me lo pienso subo al balcón abierto al público en el piso 124, respiro hondo y levanto la mirada. No alcanzo a ver el territorio amiense pero, se lo juro, sueño con él. Prefiero nuestros verdes, nuestra tranquilidad e, incluso, nuestros vinos, porque en Dubai están prohibidas las bebidas alcohólicas, excepto en los hoteles y en algunos restaurantes.

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