El lujo de vivir
8 abril, 2010
Los que hemos tenido la oportunidad de ejercer el periodismo tenemos también la fortuna de conocer a muchos de los que luego han pasado a la historia como grandes hombres, por su destreza en el oficio, bien sea de las letras, del deporte o de cualquier otra actividad. He coleccionado un poco de todo, pero tengo que reconocer que merecen atención especial tres grandes de nuestra literatura a los que dedico este humilde recuerdo. Empezaré por el final, porque todo esto viene a cuento del reciente fallecimiento de Miguel Delibes, al que había conocido en los años sesenta cuando dejé A Coruña para estudiar en la capital. Fue entonces cuando tuve la ocasión de entrevistarle e inmortalizarme en una fotografía a su lado. Posteriormente, en mi etapa como director de El Mundo de Castilla y León, se me antojaba un milagro: verle pasear tranquilamente por las calles de Valladolid, correspondiendo amablemente a los saludos de sus paisanos. Pero fue tan sólo hace algunos meses cuando me topé de narices con don Miguel en la vallisoletana Acera de Recoletos, donde le saludé y me interesé por su salud. El hombre estaba ya muy tocado y me hizo algunas reflexiones sobre su soledad y sus dolencias. Sentí una pena inmensa al comprobar con tanto realismo el deterioro de aquél genio de las letras, merecedor de un Nóbel de Literatura que tan injustamente le negaron. Tengo sobre mi mesa la misiva que me envió con motivo de la colaboración que le solicité para el libro “Al pié de la letra”, en el que cada académico escribía sobre la letra de su sillón en la Real Academia. Delibes sentaba sus posaderas en la “e” minúscula de la que decía sentirse muy satisfecho y no pensaba que ese sillón “mereciera menos fiesta que si se tratara de una mayúscula. De todos modos, tampoco pude escoger. Y estoy seguro de que la “e” tiene los suficientes matices y complicaciones (aunque no llegue a los de la plurifónica “e” de los franceses) como para que a nadie le sepa a poco”. Haberle conocido fue, sin duda,un lujo impagable.
En el año 85 tuve la ocurrencia de proponerle a Camilo José Cela un nuevo “Viaje a la Alcarria”, pero esta vez en Rolls Royce.Le encantó la idea, aunque me puso como condición que al volante se sentara una choferesa negra. Nos pusimos manos a la obra y después de no pocos desencuentros (especialmente económicos) hicimos realidad nuestro sueño. El viaje fue todo un éxito y me dio la oportunidad de entablar con el académico una entrañable relación de la que disfruté a lo grande y de la que guardo impagables recuerdos. Cuando le concedieron el Nóbel escribí en una revista de tirada nacional: “Qué suerte tienes mamón, al fin lo has conseguido”. Don Camilo me había concedido el honor del tuteo y me hizo partícipe de sabrosas confidencias, unas más verdaderas que otras, claro. La última vez que le ví, hace algunos años, fue en Soria con motivo de la conferencia que pronunció en la inauguración de los cursos de la Fundación Duques de Soria. Ajeno a los dos centenares largos de personas que habían acudido a escucharle, se sentó en un banco y a dos manos, materialmente, se puso morado a pinchos de tortilla. Me encantó volver a escuchar su vozarrón y no podía imaginarme que esa sería la última oportunidad de enhebrar una conversación con él. Tratarle fue también todo un lujo.
El tercer lujazo del que presumo en este artículo -y pido perdón a mis lectores por este ejercicio de inmodestia- fue Gonzalo Torrente Ballester, al que conocí en una larga e inolvidable cena que tenía por objeto “ficharle” como colaborador para la revista Cambio 16. Impresionante señor el de Ferrol. ¡Qué sentido del humor! ¡Qué manejo de la ironía! Recuerdo que al levantarnos de la mesa le pregunté:
- Don Gonzalo, ¿cuánto quiere cobrar por su colaboración?
- Una peseta más que al Otro.
Mensaje recibido. Era una sutiliza del maestro, porque el Otro era su paisano CJC. Y a Torrente le importaba un pimiento lo que cobrara el Otro e, incluso, lo que iba a cobrar él. Durante muchas semanas recibí mecanografiada la colaboración que, con ayuda de una lupa, corregía en letras superminúsculas. Le ví por última vez al final de los ochenta, a la salida de un conocido restaurante madrileño. Me acerqué a él, que apenas veía, y le dije:
- Don Gonzalo, soy Félix Lázaro.
Ni una palabra más. El autor de “Los Gozos y las sombras”, fino estilista, no me había visto desde el viaje de Cela a la Alcarria. Sin pensarlo un segundo disparó:
- Tenía ganas de verle. Dígame una cosa, ¿se tiró por fín Camilo a la negra?
Insuperable. Así llevaba don Gonzalo su relación dialéctica con el de Iria Flavia, con una maestría difícil de igualar.
Estas son las cosas de la vida, la suerte de vivirlas en primera línea, porque ni en el mejor de mis sueños podría imaginarme haber mantenido algún tipo de relación con tan descomunales hombres de letras. Pero ya se sabe, como escribió García Márquez, que todo lo que sucede, sucede por una razón. Y la razón, mi razón, es que un día decidí dedicarme al periodismo. Y yo les aseguro que hay cosas peores, porque aunque sólo fuera por lo que les he contado ya habría valido la pena.







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