MANERAS
8 abril, 2010
Se acaba de celebrar en toda España la Semana Santa, un fenómeno religioso, artístico y social que se puede ver de muchas maneras, tantas como formas de sentirla, que no siempre guardan relación con la espiritualidad de cada uno sino con el estado de ánimo. Confieso que con el paso del tiempo ha ido cambiando mi concepción de este impactante museo de arte puro en plena calle. Así, cuando empecé, en la década de los setenta, la aventura de escribir mi primer y único libro sobre el tema con mi colega y amigo José Delfín Val, la Semana Santa era un espectáculo que pasaba por delante de mis ojos (a veces, también, de la cámara de fotos) sin más “obligaciones” que retratarlo lo mejor posible. Mucho antes de esa mirada profesional, los desfiles eran la disculpa para sacar de casa la silla y atarla junto a otras para contemplar desde muy abajo y con los ojos asombrados de un niño, unas procesiones que, al menos a mí, me daban cierto miedo. Puedo, pues, decir, que la Semana Santa primero despertó mi miedo y más tarde mi profesionalidad, porque el trabajo había que hacerlo, y además en días muy concretos aprovechando los desfiles procesionales.
Sin pretenderlo, a partir del libro supe que la Semana Santa tenía mucho de acto social y más tarde todavía, empezaron a llamar mi atención la hermosura de la madera tallada y policromada, esos Cristos con heridas que duelen; esas Vírgenes de infinita tristeza; esos sayones de rostros duros que azotan, se burlan o se juegan la túnica de Jesús a los dados. He tenido la suerte de estar en Sevilla, en Córdoba, en Granada o en Zamora, por citar solamente cuatro lugares de la geografía nacional, y me sobrecogen los desfiles zamoranos por esa reciedumbre castellana tantas veces repetida; me encantan las saetas, las lágrimas, los desmayos o la incertidumbre de saber cuándo acabará esa procesión que empezó a las cinco de la tarde y veinte horas después continúa dando vueltas. Todo tiene su encanto. Todo tiene su tristeza. Todo tiene su sentido.
A veces tengo que explicar en qué creo, sobre todo cuando se trata de hablar de la Semana Santa. Y me molesta, porque como digo siempre (también ahora), hay muchas maneras de verla desde la calle, desde la acera, desde la óptica de una cámara, desde una ventana mientras se retransmite un desfile para la radio o desde una unidad móvil de televisión.
A todos esos que me preguntan por mis creencias suelo decirles lo mismo: ¿qué importa lo que yo crea? Pregúntame qué me emociona.







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