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Vendo piso

octubre 31, 2011

Estas dos palabras, seguramente, son las que más se repiten en nuestra geografía. Puede uno viajar a cualquier localidad, grande o chica, que por donde ponga el pié se encontrará con ellas. Es impresionante la popularidad que han adquirido y van siempre escoltadas por un número telefónico, una inmobiliaria cualquiera o un sencillo “razón el portero”. Este es el triste resumen de la situación actual de nuestro país. La instantánea de las penurias de muchos y de las necesidades de otros que ven como sus inversiones inmobiliarias se desploman. Me refiero a los que pagaban el piso con el dinero del banco y con la mensualidad del ciudadano al que se lo alquilaban. Se acabó el chollo de los especuladores guarretes que durante muchos años se han puesto  las botas a costa de los demás.
Esta fiera sin alma y con dientes muy afilados, que se llama crisis, muerde por donde pasa. Hasta hace bien poco, tener un piso era casi tener un seguro de vida. El ladrillo subía año a año y a cosa iba funcionando. Lo malo es que alguien se encargó de torcer aquéllas líneas en las que escribíamos la inversión más importante de nuestras vidas. Creíamos que los bancos eran catedrales del dinero. Únicamente nos faltó santiguarnos cuando pasábamos delante de ellos. Se le tenía más respeto al director de la oficina que al cura de la parroquia. El banco, el banco, ¿pero que es un banco? Si nos hubiéramos detenido a consultar el diccionario comprobaríamos que un banco puede ser un asiento, una legión de peces, un almacén de órganos o tejidos, un bajío arenoso, una masa de niebla… En fin, la pera. Con estos antecedentes qué podíamos esperar, como mucho una salida de pata de banco.
¿Y qué decir de las Cajas? Tres cuartos de lo mismo. Desde la caja del reloj a la caja del difunto puede uno quedarse con una de cambios, de reclutamiento, del tórax, de música, de resonancia, de caudales e, incluso, con la caja tonta.  Pero la auténtica es esa en la que hoy nos mandan con “cajas destempladas” cuando nos acercamos a pedir dinero.
Pero, ¿cuánto vale un piso? Hasta hace pocos años, cualquier ciudadano podía calcular, con escaso margen de error, el valor de su vivienda. Era de libro. Ahora las cosas han cambiado. El valor real del piso lo marca el comprador, porque el mercado ha frenado en seco, las entidades de crédito han cerrado la ventanilla de las hipotecas y han abierto la venta de viviendas, compitiendo con inmobiliarias y ciudadanos en general. La mejor solución sería que llegaran a un acuerdo con el Gobierno (no importa el signo) y convirtieran el parque inmobiliario en oficial. De esta forma el ministerio de turno tendrá garantizada la obra y las entidades  rediticias, el cobro. Se nota que hoy estoy inspirado, porque la idea me parece, como poco, pistonuda. Voy a esperar unas semanas a ver quién es el pepiñoblanco de turno y le vendo el invento.
- Y ¿de tú piso qué?, me pregunta un amigo al que le cuento la idea.
- Mi piso, le respondo, como el cielo:¡bien puede esperar!
Por: Félix Lázaro
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Historias viejas para tiempos nuevos

junio 17, 2011

Recuerdo aquellos años cincuenta en A Coruña. Mis padres regentaban un pequeño comercio de ultramarinos, que no era otra cosa que una tienda de comestibles. Allí, detrás de un mostrador, aprendí lecciones que me han resultado muy útiles en mi aventura vital. Allí, y en aquéllos tiempos, ví de cerca los ojos de los que más necesitaban, que era la mayoría. Cincuenta gramos de café, cien gramos de azúcar, medio cuartillo de vino peleón….Y así. Por si fuera poco el verbo fiar era el más conjugado por aquella época. Había calor, cariño y generosas dosis de compresión, como lo demuestran aquellas libretas, con pastas de hule negro, en la que se inscribían los morosos de turno. Por cierto, un buen número de ellos, «inmortalizados» para la eternidad.

Los tenderos, que así eran conocidos, fueron protagonistas de aquellos tiempos difíciles. Ellos, a la chita callando, contribuyeron de forma decisiva a levantar la maltrecha economía de una época en la que únicamente existían las pesetas y la buena fe de unas gentes que la modernidad se ha ido tragando despiadadamente. Me reconforta comprobar que en nuestros pueblos –incluso en nuestro Milladoiro y en nuestro Bertamiránstodavía permanecen en pié algunos, cada vez menos, de estos maltrechos negocios en los que el apetito consumista se sacia con menor desembolso. Para ellos, mi respeto y mi estímulo, para que no desfallezcan en este difícil trance. Ellos, que han sido todo un ejemplo, pueden ahora seguir dando lecciones de economía doméstica y de supervivencia. Ellos, además, son el mejor termómetro del estado de la situación en su entorno. Ni Centro de Investigaciones Sociológicas, ni farrapos de gaita. Qué sabrán de los males de las familias. A quién puede extrañarle que nuestros políticos sean los peor valorados por los españoles.

Han pasado muchos años, hablo por mi mismo, y recuerdo con nostalgia los días que compartía mis estudios de bachillerato con los juegos y con la atención a los clientes cuando la ocasión lo requería. Entonces escuchaba cómo las gentes hablaban de las pequeñas cosas domésticas. Pero los tiempos han cambiado y un tsunami político nos invade de tal forma que nos tiene a todos atontados. La tele, los periódicos, las emisoras, los «indignaos»… no hay otro tema. Y por si fuera poco nos queda el fútbol como gran consuelo patrio. Así, la verdad, no hay quien viva. Nos  han anestesiado y ahora encontramos muchas dificultades para abandonar el laberinto.

Estos días he leído, con poco más de una hora es suficiente, la obra (menor en páginas y gigante en difusión) de Stéphane Hessel. Tiene el mérito de lanzar un alegato a favor de la insurrección pacífica de la juventud: «Mirad a vuestro alrededor -diceencontraréis los hechos que lo justifiquen, situaciones concretas que os llevarán a emprender una acción ciudadana fuerte». Lo dice un señor de 93 años, que siempre ha dado la cara y que hizo de la defensa de los Derechos Humanos su razón de ser. La lectura de «¡Indignaos!», así se llama su obra, me ha recordado el «Manifiesto contra la muerte del espíritu», que lanzó hace nueve años el escritor colombiano y Premio Cervantes, Álvaro Mutís. Me impresionó y me sigue impresionando un texto que hoy abrazan millares, tal vez millones, de ciudadanos de todo el mundo. Un Manifiesto que no pretende denunciar políticas gubernamentales… «que se alza contra algo mucho más hondo… contra la profunda pérdida de sentido que conmueve a la sociedad contemporánea». Hessel y Mutis, prácticamente, hablaban de lo mismo. Y todo esto, no sé si sabré hacérselo llegar, es lo que pretendía contarles.

Por: Félix Lázaro
Periodista

 

 

 

 

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Busco trabajo

abril 19, 2011

 Por: Félix Lázaro

Reconozco que ya soy un poco carrozón, un dinosaurio para algunos. Pero no importa, tengo fuerzas, tengo ideas, tengo experiencia… Y un curriculum profesional como para sacar pecho. Bueno, pues resulta que no sirve para nada. Lo intento, pero como mucho unas buenas palabras y un “abuelito dedícate a descansar, que lo tienes bien ganado”. Sin embargo, tengo más fe que una locomotora Musel de los cuarenta. El cuerpo me pide “más madera” y he recurrido a mis viejos y poderosos amigos que todavía sientan culo en coche oficial. “Imposible”, me dicen. Unos y otros han llenado las nóminas oficiales y las empresas públicas también han echado el cerrojo.

Hace algunas semanas lo intenté en el mercado de toda la vida. Pensaba que, como buen cliente, alguno de mis antiguos proveedores podría echarme una mano. Pues tampoco. Que si carné de manipulador de alimentos, que si seguridad social, imposible…Menos mal que uno es inasequible al desaliento, porque todo hacía prever que doña Depre estaba dispuesta a acompañarme por un tiempo. Tengo en circulación, sin exagerar, varios centenares de historiales profesionales (suficientemente engordados), pero ni con ésas. Lo más que he conseguido hasta la fecha son dos ofertas que he rechazado. La primera  como “maquillador de fiambres”. Una empresa de trabajo temporal, que solicitaba personal no cualificado para trabajo sin riesgo y bien remunerado, me propuso un contrato con incorporación inmediata. Para allá que me fui, pero a punto estuve de ser yo el sujeto maquillado, tras sufrir un soponcio indescriptible. Al regresar a casa, la parienta no comprendió las razones de mi renuncia, porque “se trataba de un trabajo que requería poco esfuerzo físico” ¡Qué jodía!.

La segunda negativa se la dí a una señorona bien de Santiago que pretendía que ejerciera de “señorito de compañía” de ella misma. Buscaba varón apuesto y con buena conversación. En principio me pareció una buena oportunidad y, aunque los honorarios no eran nada del otro mundo, ofrecía buenas propinas por “trabajos especiales”. Me puse a la tarea. El primer día la recogí en su portal sobre las nueve de la mañana (que no son horas) y la acompañé a una parroquia cercana. Media hora de confesión, un cuarto de penitencia y a la calle.

-Y usted, señor, ¿no se confiesa nunca?.

Le conté mi vida y le dije que ya no estaba en edad de pecar. Intentó indagar más sobre mi vida privada y me fui escurriendo hábilmente. Decidí tomarme aquello como un juego y reinventar mi vida sobre la marcha. Y así, Franco arriba, Rúa del Villar abajo, iban pasando los días. La señora, en adelante doña Engracia, ya había superado los ochenta y presumía de haber dado “materile” a dos maridos. Todas las tardes, a la hora del té, se tomaba un lingotazo de JB con dos hielos.

-No piense mal, me decía, me lo recomienda el médico porque es un buen vasodilatador.

Pues bueno. Antes de entrar en el establecimiento me daba el dinero para que yo me hiciera cargo de la cuenta. Este hecho me hacía sentir más macho ibérico. De esta forma cumplimos el primer mes. Pagó religiosamente los quinientos euros convenidos y me dijo que ya llegarían los extraordinarios prometidos. Y llegaron, ya lo creo que llegaron. Una tarde, al ir a recogerla, el portero de la finca me advirtió que subiera a su casa porque se encontraba un poco indispuesta. La casa, como me imaginaba, era un casoplón de tres pares de narices. Doña Engracia, muy repeinada y exageradamente perfumada, lucía una bata de seda color crema. Me invitó a pasar y acomodarme en un espacioso y confortable sillón.

“El servicio, me dijo, se ha tomado el día libre y he pensado que hoy era buena oportunidad para celebrar el primer mes”.

No salía de mi asombro. Llegaron el café, las pastas y , ¡oh sorpresa!, una botellón de champán francés. “Tenemos algo que celebrar”, comentó, y nos dieron las ocho, las nueve y las diez. Le dije que debía marcharme, pero ella me pidió que esperara un poco, que aquello sólo era el principio de una larga amistad. Me temblaban las piernas. A doña Engracia se le había caído el cinturón de su bata y pude ver lo que no me imaginaba. Doña Engracia era don Manuel, un viudo juguetón que le había encontrado gracia al travestismo y del que me libré de ver adero milagro. Por cierto, sigo en el mercado en busca de mejor oportunidad.

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De ricos y marqueses

febrero 11, 2011

Por: Félix Lázaro

Cuando hay abundancia uno no se fija en estas pequeñas cosas, pero en los tiempos que vivimos los dedos se nos hacen huéspedes, al tener noticias de los dineros ajenos. Lo de Amancio Ortega y otros (pocos) ricachones gallegos lo tenemos más o menos asumido, sobre todo si detrás de sus caudales se esconde un meritorio y sacrificado esfuerzo. Estos días, sin embargo, me sorprende el desglose de la «nómina» de un gallego menos popular, de Chantada creo, que ha hecho carrera en Madrid. Se llama Francisco González, preside el BBVA, y se «levanta » 4,97 millones de euros anuales, que dicho así parece una cosa de lo más normalita. Y todo esto, después de haberse rebajado el sueldo un 6,37%. Bueno, pues este ejemplar ciudadano, traduciéndolo a pesetas, se lleva a casa 827 millones. Es decir, 69 al mes o, lo que es igual, 2,3 millones diarios. Para ir tirando, que diría un amigo mío.

Estas «vidas ejemplares» suponen un gran alivio para los que tenemos que apretarnos el cinturón, porque la nuestra sí que es una aventura con todas las de ley. No se trata de hacer demagogia. Es una envidia sana la que nos invade a trabajadores, parados y jubilados, que comprendemos muy bien lo aburrido que debe resultar ganar solamente 96.000 pesetas a la hora. Para mí sería un problemón tener que gastarme esa pasta gansa en una sola jornada, porque se acabaría la pasión del día a día.

-¿Y si quedas a cero qué harás cuando te jubiles?, me pregunta un amigo.
Pues muy sencillo, respondo. Estos grandes hombres lo tienen todo previsto. Su pensión privada de jubilación, con cargo a las arcas del banco, es de 80 millones de euros (13.000 millones de las antiguas pesetas). Y llegado a este punto, ya cansado de hacer divisiones, les brindo a los lectores la oportunidad de que continúen con el juego, soñando qué harían ustedes con similares honorarios.

Es bueno, como les decía, aliviar penas. Me alegra la real concesión de un marquesado a Vicente Del Bosque. Es un título nobiliario merecido que comparte con un Nóbel de Literatura, un hombre de negocios potente y un jurista de gran talla. Nuestro seleccionador, ilustrísimo señor, no para de recibir galardones y homenajes tras haber conquistado con un puñado de valientes la Copa del Mundo de Fútbol en Sudáfrica. Pero, ¿qué parte de este título corresponde a los que se dejaron la piel en el campo? A los protagonistas de tan histórica conquista, al menos, deberíamos concederles el título de «marquesitos».

El Marqués Del Bosque (señor de una tierra que estaba en la marca del reino, según el diccionario) ya puede mirar por  encima del hombro a los condes, por ser título de menor rango, aunque verá en los duques una superioridad heráldica que ellos no alcanzaron. Pero estas pequeñeces le importan poco al nuevo marqués, al que seguro que continuará tuteándole más de un plumífero. Su Majestad, quizás sin pretenderlo, acaba de introducir nuevas normas de comportamiento en el casualmente llamado deporte rey. ¡Qué bien nos ha venido este Mundial para tapar las penas, porque de política estamos hartitos. Hasta yo mismo sería capaz de escribir los guiones de uno u otro partido. Son aburridos y  previsibles, como las declaraciones de los entrenadores de fútbol (disculpe la comparación señor Marqués). Y la que se nos viene encima con las nuevas campañas electorales…Pero con lo bonito que es contar cosas agradables, por qué amargarnos la vida. Para eso ya tenemos a la señora matrona, doña Merkel.

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Siempre Xacobeo

diciembre 3, 2010

Por: Félix Lázaro

Me muero de ganas de hacer el Camino, de Santiago claro, y si Dios me da fuerzas algún día debería intentarlo. A esta conclusión he llegado tras profundas reflexiones llevadas a cabo desde el año 93. El caso es que lo he ido dejando y, como no me ponga pronto a ello, se me va a pasar el arroz. Este 2010, tan cabroncete para unas cosas, especialmente las económicas, me deja la agradable sorpresa de haber sido testigo de la puesta en escena de un Xacobeo inolvidable. Primero, porque el equipo de Núñez Feijoó (quede claro que no tengo el gusto de conocerle), partiendo de cero y con escaso margen de tiempo, ha sabido organizar una celebración con muchas estrellas. Y segundo, porque se han batido todos los registros establecidos. Tengo muchos amigos que presumen de haberse trabajado las ampollas en sus pies a lo largo de corredoiras y veredas. Presumen de ello y lo cuentan de tal forma que da la impresión de que están ungidos de un óleo especial que les llena de felicidad. Todos quieren volver. Tengo también otros amigos que no han decidido echarse la mochila al hombro, pero no es menos cierto que son muy pocos los que renuncian definitivamente a hacerlo algún día.¿Por qué será?

El Camino, ciertamente, tiene algo mágico, que contagia hasta el punto de que son muchos los peregrinos, procedentes de todos los confines de la tierra, que, independientemente de que sean Santos o no, viajan todos los años a Compostela. Y en este punto me surge la gran duda: ¿por qué no se institucionaliza el Xacobeo anual? No haría mal a nadie, no va contra ningún mandamiento y fortalece la espiritualidad de las gentes y la economía de los muchos pueblos del Camino. He dicho.

Calixto II, Papá para más señas, fue el inventor de esta ruta turísticoreligiosa, allá por el año 1122. Ha llovido mucho. En 1937 se prorrogó el Xacobeo hasta 1938, debido a la división de España entre católicos y no católicos. Igualito que ahora. El caso es que no estaría nada mal, como decía antes, que don Santiago nos echara una manita en esta época de penurias. Además, es mucho más entretenido hacer el Camino que sentirse permanentemente azotado por la crisis, la bancarrota y otras palabrejas que nos ponen los pelos de punta.
Antes, de niños, nos amenazaban con el coco, que era mucho más entrañable que estos bichos modernos que se inventan los brujos de la economía. El coco, si éramos buenos, tomaba las de Villadiego y, que se sepa, jamás se llevó por delante criatura alguna. Ahora es distinto y la gente hace cosas muy raras.

Por cierto, me pregunto, por qué un señor tan necesitado, que además presume de ser de León, aunque nació  en Valladolid, no se pone en ruta en busca del milagro que tanto necesita. José Luis, no lo pienses más, forma a tu equipo e inicia una semana de reflexión. Es barato y es probable que el Apóstol haga un esfuerzo y nos  ayude a salir del atasco. ¡Pero qué cosas digo!, si ni siquiera ha pisado Compostela. Claro que otro gallo cantaría si Touriño continuara de mandamás en la Xunta.

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Las pequeñas cosas

octubre 11, 2010

Por: Félix Lázaro

Son las pequeñas cosas, insignificantes a veces, las que nos acercan al conocimiento de la realidad. Estos días, políticos de distinto pelaje y articulistas de todos los colores nos bombardean con cifras y más cifras, hasta el punto de dejar a este país nuestro hecho unos zorros. El retrato en negro es horripilante: caída libre en eficiencia del mercado laboral, en productividad, en paro, en competitividad…Y todo ésto para retroceder 11 puestos, en sólo un año, en la clasificación del Banco Mundial y ocupar el 62 en la actualidad. Tantas y tan indignas cifras al ciudadano más bien le resbalan, porque lo que realmente le pone los pelos de punta es asomarse al mostrador y comprobar que su cartera no responde a la prueba de los precios. ¿Cómo es posible que un café con leche cueste seis euros o tres un botellín?, por poner sólo dos ejemplos.

Tengo el convencimiento, porque uno también es consumidor, que alguien nos está metiendo la mano en el bolsillo. Nada nuevo, porque desde hace mucho tiempo sabemos quien es el autor de este fenómeno económico. Antes les llamábamos ladrones y ahora intermediarios. Pero que nadie se asuste, porque hay manguis que son gente honrada y compra-ventas que se ganan la vida con mucha dignidad. Lo malo es que nadie quiere hacer el retrato de la situación y el descontrol de los precios es alarmante. Vale todo y nadie se presta a auxiliar a unos ciudadanos cada vez más desasistidos, cada día más cocidos a impuestos y cada día también más inestables en el trabajo, si tienen la suerte de no ser uno de los cinco millones de españoles que están mano sobre mano.

Tengo familiares que han decidido dejar patatas en sus tierras, porque les cuesta más dinero recogerlas que el ofrecido por el intermediario de turno. Son pequeños detalles que acercan al ciudadano a la realidad. Recuerdo cuando el perejil lo regalaban en la tienda (y los buenos tenderos todavía lo hacen), y ahora cobran 50 céntimos (83 pelas) por un manojito de esta planta herbácea. Un juego fascinante es comprobar cuánto cuesta un botón, un paquete de pipas, una entrada de cine, un kilo de tomates… y tantas y tantas pequeñas cosas que son parte de nuestra economía de guerra.

Don Jacinto Benavente decía que había tres formas de tener dinero: una, robar (peligrosa y sucia); otra, trabajar (limpia, pero difícil y premiosa); y la tercera, la mejor, que es mitad y mitad, responde al nombre de negocios. Yo, desde luego, le tengo declarada la guerra a los intermediarios chorizos. Ojalá se vayan todos al infierno, porque nos han hecho la vida más difícil, más cara y casi imposible. A este paso resultará cierto lo que decía un humorista español, al asegurar que el dinero es una perversión que inventó el diablo y patentó el invento. Y Dios, añadía, aún no ha inventado otra arma para luchar con éxito contra el dinero y vencerlo. Por todo lo dicho anteriormente me pregunto qué hacen nuestros políticos, los que gobiernan fundamentalmente y también los de la oposición. Nosotros les elegimos para que velen por nuestros intereses y además les pagamos entre todos. Pero les importa un comino y a lo peor incluso duermen a pierna suelta.

Y éstas son las pequeñas cosas que nos canta Serrat, «esas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas, como un ladrón que acecha detrás de la puerta…». ¡Quién lo iba a decir! Me ahorro poner nombre alguno, porque el sabio lector sabe quién es quién en esta novela negra, negrísima.

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De aves y otros pájaros

julio 29, 2010

Por: Félix Lázaro

Que en este país nuestro los pájaros anidan por doquier es una obviedad. Y no me refiero únicamente a los vertebrados ovíparos que cubren su cuerpo con plumas y tienen dos patas y dos alas. Hay otros pájaros, de dos patas también, que se mueven principalmente en arenas políticas y a los que en esta ocasión quiero referirme. Quién no conoce, para abrir boca, los pájaros silvestres que sientan sus posaderas en los cómodos butacones de nuestros abundantes parlamentos e instituciones. Vienen de pequeñas localidades y su característica  principal es que no abren el pico, aunque se alimentan sobradamente en buenos restaurantes. También se distinguen con facilidad las aves de paso, que se detienen únicamente para ejercitar el voto y a continuación salen volando Dios sabe dónde. Pero, sin lugar a dudas, la especie que más me llama la atención es el ave de rapiña. Ahí es nada. Es carnívora y tiene el pico afilado. Suelen estar muy de  moda y anidan en ayuntamientos, diputaciones y muy especialmente en gobiernos autonómicos y partidos políticos. En este punto conviene dejar bien claro que, aunque su presencia está muy extendida, son sólo unos pocos los que se hacen acreedores de este título. Moran especialmente en Marbella (malayuspantojis), Madrid (gurtelus popularis), Valencia (trajegetorum), Alicante (brugalripoll), Sevilla (mostiserin trincae) o Baleares (mataschorizorum), por citar sólo los de mayor actualidad. Ojalá algún día, cuanto antes mejor, se abran de par en par las jaulas y se marche tanto pájaro de rapiña que pone nombre a robos, expolios y saqueos, haciendo un daño tremendo a la política y  a los buenos políticos, que los hay. Y muchos. Personalmente estoy muy cabreado con estos pájaros con los que se llevan nuestros dineros y también con los que se cagan, un día sí y otro también, encima de mi coche. Son unos maleducados, porque ni los unos, ni los otros, me piden permiso para hacer esas guarradas.

No quiero terminar este capítulo avícola sin hacer referencia al AVE grande que rueda que se las pela por los caminos de hierro de nuestra geografía. A Galicia, según nuestro paisano señor Blanco, todavía tardará un poco en llegar. Seguiremos rezando. Y mientras  tanto, me cuentan, que hace unas pocas semanas cuando uno de estos trenes circulaba a 270 km/h por tierras de La Mancha, cuando los viajeros de un coche de preferente dormían, hablaban por teléfono o aporreaban su portátil, uno de sus ocupantes se levantó del asiento y gritó “¡Zapatero ha dimitido!”. El resto de los viajeros, mientras algunos se echaban el móvil al oído para confirmar la noticia, prorrumpieron en un sonoro aplauso. El protagonista, como por arte de magia, desapareció y tras unos segundos de desconcierto, el rumor quedó rotundamente desmentido. Me cuesta trabajo creer que la historia sea real, por mucho que mi comunicante se pusiera muy serio a la hora de contármela. Más bien pienso que se trata de una maldad. Pero ya se sabe: si non e vero e ben trovato. No viene nada mal un poco  de humor en este tórrido verano que, como he podido comprobar, sólo se puede soportar en nuestra Galicia, tan fresca, tan guapa, tan inigualable. Pero no conviene decirlo muy alto, que ya vale con el Xacobeo, no sea que tomemos el relevo de Benidorm y perdamos nuestros encantos. Y dicho esto, comienzo a preparar las maletas con la idea de tumbarme a la bartola, cerrar los ojos e imaginarme un mundo mejor, sin paro, sin crisis y sin mala gente. Al fin y al cabo soñar no cuesta nada y no creo que Zapatero, con su particular plan de rebajas, pueda meterle mano a este capricho mío. Dios le libre. 

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Cómo está el patio

junio 4, 2010

Por: Félix Lázaro

Jodido, para que vamos a negarlo. Pero no se preocupen porque en esta ocasión no pienso darles la barrila con la negritud de este patio nuestro, en el que se acumulan miserias y problemas. Es preferible seguir aquél proverbio chino que asegura que el sabio puede sentarse en un hormiguero, pero sólo el necio se queda sentado en él. Pues eso, a correr, a poner en marcha la imaginación y a reforzar nuestras dosis de optimismo, que buena falta nos hace. De momento intento sobreponerme a la descomunal empanada de problemas que tengo delante de mis narices. Por cierto, ¿conoce alguno de ustedes algo que marche aceptablemente bien? Pero al mal tiempo, buena cara, porque de lo contrario puede ocurrir que los que presumen de ser amigos se alegren de nuestras miserias. Suele ser lo habitual.

Pues va a ser que no, que dicen ahora los más jóvenes. Servidor, para iniciarse en esta escalada al paraíso, estudia la posibilidad de lanzar una campaña a favor del Gran ZP. Como lo leen, porque ya que no le van a conceder el Nobel, ni el Príncipe de Asturias me temo, espero que el Vaticano pueda beatificarle. Unir a los españoles, en uno u otro sentido, es todo un milagro. La cosa no es para menos, porque este leonés, nacido en Valladolid, ha conseguido que bajen los precios de los pisos, que los coches cuesten menos que hace dos años, que el caviar, que lo he oído hoy mismo en la radio, cueste la mitad que el año pasado, que los hoteles hayan abaratado sus precios…¿Les parece poco milagro? Además no conozco a nadie que sea tan duramente crucificado, un día sí y otro también. Es, indudablemente, un mártir de nuestro tiempo del que se recitan sin parar infinidad de jaculatorias, breves y fervorosas, recordándole a su parentela. Hay que ser de una madera muy especial para soportar todo esto. Y el padre de la Alianza de las Civilizaciones tiene todas éstas virtudes y muchas más. Espero que no me resulte demasiado difícil conseguir veinte millones de firmas, por lo menos, apoyando mi propuesta para enviarlas a la Santa Sede.

Pero quién ha dicho miedo. Ciertamente no hay un duro (euro quiero decir), que me lo digan a mi, por eso ahora me consuela leer los diarios deportivos. Qué maravilla. La pasta corre, ajena a las penurias de los demás. Millones y más millones para los insaciables jovencitos que galopan en calzoncillos detrás de un balón. Son dos mundos que, por muy absurdo que parezca, conviven en paz y felicidad. Ningún socio del Atlético de Madrid, por ejemplo, cambiaría su reciente título europeo por nadadel mundo. La diferencia es que mientras unos pagamos voluntariamente para verlos en el campo, el otro, sin pedir permiso, nos clava con nuevos impuestos. Esta es la gran diferencia.

Preferimos alimentarnos de éxitos ajenos y adorar a estos nuevos dioses. La gran diferencia estriba en la interpretación de los hechos. La otra tarde, sin ir más lejos, escuché la siguiente conversación entre dos maduritos.

-Oye Manolo, dice uno, que dice el ZP que va a congelar las pensiones…
-Bueno, responde el otro, pues tendremos que hacerlo en el coche.

Evidentemente, a grandes males, grandes remedios y que Dios nos pille confesados. Y, mientras tanto, Zapatero ora pro nobis. Amen.

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El lujo de vivir

abril 8, 2010

 Por: Félix Lázaro

Los que hemos tenido la oportunidad de ejercer el periodismo tenemos también la fortuna de conocer a muchos de los que luego han pasado a la historia como grandes hombres, por su destreza en el oficio, bien sea de las letras, del deporte o de cualquier otra actividad. He coleccionado un poco de todo, pero tengo que reconocer que merecen atención especial tres grandes de nuestra literatura a los que dedico este humilde recuerdo. Empezaré por el final, porque todo esto viene a cuento del reciente fallecimiento de Miguel Delibes, al que había conocido en los años sesenta cuando dejé A Coruña para estudiar en la capital. Fue entonces cuando tuve la ocasión de entrevistarle e inmortalizarme en una fotografía a su lado. Posteriormente, en mi etapa como director de El Mundo de Castilla y León, se me antojaba un milagro: verle pasear tranquilamente por las calles de Valladolid, correspondiendo amablemente a los saludos de sus paisanos. Pero fue tan sólo hace algunos meses cuando me topé de narices con don Miguel en la vallisoletana Acera de Recoletos, donde le saludé y me interesé por su salud. El hombre estaba ya muy tocado y me hizo algunas reflexiones sobre su soledad y sus dolencias. Sentí una pena inmensa al comprobar con tanto realismo el deterioro de aquél genio de las letras, merecedor de un Nóbel de Literatura que tan injustamente le negaron. Tengo sobre mi mesa la misiva que me envió con motivo de la colaboración que le solicité para el libro “Al pié de la letra”, en el que cada académico escribía sobre la letra de su sillón en la Real Academia. Delibes sentaba sus posaderas en la “e” minúscula de la que decía sentirse muy satisfecho y no pensaba que ese sillón “mereciera menos fiesta que si se tratara de una mayúscula. De todos modos, tampoco pude escoger. Y estoy seguro de que la “e” tiene los suficientes matices y complicaciones (aunque no llegue a los de la plurifónica “e” de los franceses) como para que a nadie le sepa a poco”. Haberle conocido fue, sin duda,un lujo impagable. Seguir leyendo

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PEQUEÑECES

febrero 12, 2010

burj-dubai-4.jpgPor: Félix Lázaro

Una mañana del pasado mes de enero, todavía medio dormido por las coñas de los cambios horarios, me encuentro ante el rascacielos más grande del mundo. Me quedé boquiabierto, como no podía ser de otra manera, y lo primero que me pregunté -y sigo preguntándome- es quién fue el machote que puso la última piedra, o lo que sea, a tan sólo 818 metros de altura. Increíble. Uno, que  es de pueblo, había viajado a Dubai para ver el rascacielos pero, coño, esto es una verdadera pasada. Hacía tan solo un par de semanas que se había inaugurado el Burj Dubai, que así se llama el monstruito, y su puesta en escena ya había dado la vuelta al mundo. No es para menos, claro. Sin éxito intenté buscar alguna comparación con nuestro Ames querido, pero no había manera. Demasiados rascacielos y si uno comete la osadía de preguntar por cualquier cosa, allí se va a encontrar con que todo es lo más grande del mundo. Y puede que sí. Seguir leyendo

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