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Perder la virginidad

octubre 31, 2011

No es la primera vez que escribo unas líneas de despedida en una de las varias revistas que han tenido la paciencia de aguantarme a lo largo de casi medio siglo de profesión. Por desgracia, uno se va acostumbrando a decir adiós a determinadas publicaciones, aunque últimamente el ejercicio del periodismo obliga a tener siempre un pañuelo a mano. Sin embargo, hay una cosa que no me había tocado hacer nunca: despedirme de un periódico, humilde, decente, honesto, dirigido por una buenísima amiga y en el que empecé a colaborar desde el primer número. Hasta este de hoy, tan triste.
Siempre que me pongo a la faena de redactar una nota necrológica por un medio informativo suelo utilizar los tópicos de rigor: que si cada vez que desaparece uno, por modesto que sea, todos perdemos una cuñita de libertad; que una sociedad que se cree libre necesita prensa; que los que no tienen voz son nuestros principales “clientes”, y así sucesivamente. Tópicos, en definitiva. Sentidos, pero tópicos.
Sin embargo, este último número de DirectoAmes tiene, además de esos ingredientes, el hecho de producirse en uno de los momentos más dramáticos y desesperanzadores de la prensa española. Se cuentan por centenares los medios cerrados en los tres o cuatro últimos años, sin que nadie haya hecho gran cosa por evitar su desaparición. Si a los cierres unen ustedes los despidos, las bajas anticipadas y la precariedad en el empleo, comprenderán que es una broma macabra invitar a alguien a seguir nuestros pasos. Como espectador, lector y oyente que soy, pierdo una fuente, una referencia, un lugar amado u odiado en el que beber o en el que ciscarme. Pero pierdo más cosas.
Pierdo, sobre todo, la virginidad, porque en este vendaval que se lleva por delante medios buenos y malos, de derechas y de izquierdas, no todo es inocente. Hace nada comentaba con un colega que acaba de prejubilarse (¡Dios, con 54 años, en lo mejor de su carrera profesional!) y me revelaba algo que sospechamos todos: que hay medios informativos que han actuado como referentes culturales, políticos o sociales, a cuyos dueños no les importaría vendérselos a la Mafia con tal de llevarse el dinero y olvidarse de problemas. ¿Saben cuál fue el día más triste que he pasado en mucho tiempo? Aquél en que dejó de emitir CNN+ y en su lugar apareció la Casa de Gran Hermano.
Mónica, directora y amiga: cierra con dignidad el chiringuito que ha servido para contar lo que ha pasado durante el tiempo que duró abierto. Y vete con la conciencia tranquila y el honor intacto. No sé si volverán tiempos mejores, pero siempre tendrás a tu alrededor gente dispuesta a empezar de nuevo. Tienes mi teléfono, ¿no?
Por: Francisco Cantalapiedra
Periodista y escritor
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Concurso municipal

junio 17, 2011

Que la crisis iba a ser gorda lo dábamos por sentado. En poco tiempo nos hemos acostumbrado a escuchar los estragos de esta hecatombe que afecta a casi todos los sectores, menos a los que se están forrando (que los hay) a costa de los menesterosos. De tanto oír las empresas que tienen dificultades, que se fusionan agarrándose a un clavo ardiendo o que se van directamente al carajo, hemos empezado a no calibrar la gravedad que requiere tener amigos o vecinos que están en el paro, o cuyos salarios han sido recortados, o que tiemblan por su futuro laboral. Hubo un momento en el que nadie pensaba que se podía caer más bajo, y todos nosotros, en un alarde de fe ciega, confiábamos en que cuando la cosa estuviera en el fondo la única opción sería volver a subir. Pero nos equivocábamos.

 Ahora tenemos noticia de un nuevo agujero provocado por la quiebra que está empezando a afectar a los Ayuntamientos. Muchos de aquellos trabajadores municipales que creían encontrarse más o menos a salvo trabajando en la Administración (algo tan etéreo y engañoso como el sueño americano), se dan de morros contra la crisis en su aspecto más negro. Aunque me parezca mentira que un Ayuntamiento deje de aforar las nóminas que pagamos a escote entre todos, lo cierto es que la gran mayoría hace tiempo que lo practican, en consonancia con la ola de fervor  ahorrativo que recorre España y que nos afecta a todos, menos a los que cobran mucho, políticos incluidos.

 Pero más alarmante resulta el dato de que 400 municip ios españoles ya no tengan ni para pagar la luz o el teléfono. Y aunque nunca fui muy ducho en las matemáticas, si a mí no me bajan los impuestos no entiendo por qué dejan de pagar a otros con un dinero que los demás seguimos religiosamente ingresando en las arcas municipales vía multas, impuestos, tasas, gravámenes y demás familia. Llegados a este punto, será mejor no preguntarse de dónde sacan la pasta los consistorios para promocionar eventos y jolgorios tipo conciertos de estrellas de la canción, festivales de teatro o torneos de pádel. Unos actos que se dirigen al entretenimiento del ciudadano de a pie, pero que sinceramente también se prestan a emplearse mejor metiendo la tijera sin que al Ayuntamiento le tiemble el pulso ni a nosotros se nos caigan los anillos por no ver en el escenario a la Mistinguett.

En fin, si Dios padre no lo remedia, dentro de poco algunos ayuntamientos entrarán en quiebra. Lo más gracioso es que ahora, a esta figura tan española de la suspensión de pagos, se la conoce como «concurso». En mis tiempos, concurso, lo que se dice concurso, era otra cosa, lo echaban por la tele y lo presentaban gente tan  isueña como Mayra Gómez Kemp o Kiko Ledgard.

Por: Francisco Cantalapiedra
Periodista y escritor
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Más morosos

abril 19, 2011

Por: Francisco Cantalapiedra

Si yo fuera un economista de postín,diría que la depresión de la economía doméstica se resiente por la desconfianza en la solvencia de nuestro país, cuya prima de riesgo se dispara amás de 200 puntos. Pero como soy un periodista que intenta pensar como un ciudadano diría que ignoro por completo qué coños está pasando y, lo que es peor, por dónde y cuándo nos la van a meter doblada.

Si fuera un analista riguroso, diría que el incremento de la Inspección Técnica de los Edificios está deteriorando aún más el presupuesto familiar, pero como soy un vainas digo que éramos pocos y parió la abuela a sus 85 tacos. Vaya edad para tener un “chiguito”.

Un técnico fiable que conozco me dijo hace un par de meses que cuando se acabaran las perras del Plan E y continuara en caída libre el precio de la vivienda, habría que inventarse algo para seguir manteniendo a flote el sector de la construcción, que tantas alegrías ha dado a alguno y tantas hipotecas a otros. Para lograrlo, añadió, tendrán que poner en marcha las Inspecciones Técnicas de la Vivienda, para que el albañil que antes levantaba casas repare ahora las fachadas, y esto que digo vale para todos los oficios relacionados con el sector. Incluyendo, por supuesto, el de arquitecto, un profesional que tendrá que canjear el diseño de edificios pijos y caros por el cambio de canalones. No es lo mismo, pero da de comer y la vida está muy achuchada.

Lo que va a pasar a partir de ahora es que cualquier mañana de estas alguien llamará a su puerta exhibiendo un carné oficial de técnico de la ITV de las casas y le dirá que la fachada está desconchada,  los canalones rotos, la escalera sin rampa y la arqueta de la mierda rebosante, dicho lo cual deberá proceder a la reparación de los citados elementos comunes. Y, a soltar pasta, que es de lo que se trata. No niego de la capacidad técnica de estos artistas que van a obligarnos a dejar la casa como un San Luis, pero reconozcamos que la orden llega en mal momento para las economías domésticas. Y si no, que se lo pregunten a los presidentes de esas 100.000 comunidades de vecinos de toda España agobiadas por los impagos, antes, incluso, de que aparezca el sacacuartos de la ITV.

Yo, por si acaso, voy preparando la cartilla por si tenemos que retejar.

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Movilandia

febrero 11, 2011

 Por: Francisco Cantalapiedra

Cuando me enteré que dentro de nada podremos hablar por el móvil dentro de los aviones, me pareció una putada. Es, sin duda, una pésima noticia que hará cualquier desplazamiento más incómodo y encima en un transporte que crea cierta intranquilidad a mucha gente. Algunos se estarán preguntando qué me importa a mí que fulanito o menganita se pase el viaje de Santiago a Barcelona parloteando por su teléfono, y aunque soy un firme defensor de las libertades individuales, reconozco que los pitiditos, soniditos y soniquetes de estos aparatos pueden acabar con mis nervios.

Comprendo que algunos necesitarán el teléfono para trabajar, pero estoy convencido de que muchas veces utilizamos el móvil para verdaderas chuminadas, tales como llamar o mandar sms a los colegas y a la familia nada más zamparse las uvas de Nochevieja, olvidando que los destinatarios estarían haciendo exactamente lo mismo que nosotros: viendo la tele y mandando mensajes. Por lo demás, tampoco creo que en el caso de que suceda una emergencia en tierra firme puedas hacer algo útil estando a diez kilómetros de altura. Por tanto, la necesidad imperiosa de tener el teléfono operativo mientras te encuentras en un cubículo que vuela y sin posibilidad de bajar de manera rápida me parece bastante absurda.

Cierto es que si en lugar de ir a Barcelona vas a Sidney la cosa se puede convertir en un soberano coñazo, incluso tragándote todo el lote de películas que los aviones llevan para entretener a la tropilla. Pero prefiero ver una y otra vez al rubito de «Solo en casa» antes que soportar conversaciones interminables con el novio que espera en el aeropuerto o los molestísimos ruiditos que advierten de la llegada de mensajes. La diferencia es básica. En el primer caso puedo quitarme los auriculares, cerrar el ojo y entrar en duermevela; pero con los móviles la única opción es arrancárselo de las manos a su dueño adolescente (que serán los que más abusen de esta nueva normativa, no nos engañemos) y tirarlo a tomar por donde amargan los pepinos, incluso reconociendo que no llegará muy lejos porque todavía no dejan abrir las ventanillas de los aviones.

Aunque todo se andará.

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La Purísima

diciembre 3, 2010

Por: Francisco Cantalapiedra

Una vez, cuando era joven y dirigía un programa de radio, se me ocurrió hacer una encuesta entre políticos, actores, periodistas y jueces sobre la Constitución española. Después de dar muchas vueltas a la pregunta que había que plantear opté por una bastante directa: ¿Qué estaría usted dispuesto a dar por defender la Constitución? Aunque no recuerdo prácticamente nada de lo que dijeron los entrevistados, yo esperaba respuestas gloriosas del tipo: “Yo daría mi sueldo de diputado”, “yo, mi casa por defender la  libertad”, “yo, en fin, daría mi propia vida por seguir siendo libre”. Ya digo que no recuerdo las respuestas que se dieron, pero creo que ninguna se pareció a lo que esperaba, de tal manera que los políticos estuvieron rimbombantes pero sin comprometerse; los actores fueron los más valientes; los periodistas, los más rollazos y los jueces los más prudentes, muy en su línea de no comprometerse con nada ni con nadie.

Como la encuesta fue tan decepcionante, tampoco recuerdo si la emitimos o no, pero sí que gente del equipo y un servidor nos reunimos a comer para llorar juntos por la falta de material y, sobre todo, por la falta de compromiso del personal. Al final de la comida, y antes de que nos tomáramos todos los chupitos que había en el bar, volví a plantear la pregunta a mis colegas pero de manera más directa todavía: “A ver, Fulanito, ¿tú qué darías por defender la Constitución?”. No necesito decirles que las respuestas fueron muy similares a las que no sacamos en antena, salvo una que, por sincera, me hizo meditar: “Cuando algunos de estos gandules que viven como Dios de la política que ha permitido la Constitución den algo de lo que cobran, yo daré lo que me pidan. Entretanto solo estoy dispuesto a dar dos letras de la hipoteca, a ver si me las paga alguien”.

Aquél ya lejano 6 de diciembre en que, como dije al principio, era joven y todo, me pillé un rebote de cuidado por culpa de las respuestas de unos y otros, quizá porque en aquella época estaba mucho más politizado (domesticado, dice mi señora) que ahora y esperaba actitudes más gallardas. Formar parte  de una generación que se lo ha currado para tener una ley fundamental que recoja los derechos y obligaciones de todos nosotros, tiene este tipo de pagarés: que hay que mojarse cuando hace falta y en aquellos años el único que se mojaba era el teniente coronel Tejero, que casi nos empapa a todos.
 
Transcurridos los años me he vuelto escéptico al comprender que la Constitución es poco menos que un conjunto de normas que en muchos aspectos tienen el mismo valor real que el dinero del Palé o el Monopoly. Libertades que no se respetan; viviendas dignas que valen una porrada de millones (salvo que seas hijo de alcalde); derechos que se reconocen pero no se respetan, como el que todos tenemos a un trabajo digno, fijo y bien pagado, el derecho a ser juzgados por jueces competentes y, a ser posible, justos, el derecho de opinión y algunos otros más que se me escapan, son “agujeros” por donde se va el espíritu de la Constitución sin que a nadie parezca importarle lo más mínimo. Pensándolo bien, he terminado entendiendo con el paso de los años la desgana de aquellos colegas de la radio que miraban la  onstitución como lo que verdaderamente es: un puente.
 
Para los más laicos, el Puente de la Constitución; para los más píos: el Puente de la Inmaculada. Yo propongo una transición entre ambos: que desde ahora se llame el Puente de la Purísima Constitución, porque en muchos aspectos sigue siendo pura; tanto, que creo que es virgen.

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NOVATADAS

octubre 11, 2010

Por: Francisco Cantalapiedra

Ahora que en todas las universidades españolas se ha iniciado el curso, hablaré de las novatadas, una costumbre que abomino por lo que tiene de degradante, y que resumiré en tres escenas y un epílogo:

Escena número 1: Por la calle donde vivo pasan 30 chavales en fila india: el primero pasa una mano por la entrepierna y se la da al de atrás, que a su vez ofrece la mano que le queda libre al siguiente, y así hasta el final de la fila. La postura obliga a todos ellos a caminar semiagachados, en una situación poco decorosa que se hace más ridícula cuando alguien les obliga a cantar: «Plátano balú, un, dos, tres, plátano balú». Escoltando la absurda comitiva van otros jóvenes y jóvenas que ríen sin parar la gracia que debe tener el evento y que servidor no encuentra por mucho que rebusque.

Escena número 2: El campus universitario de mi ciudad amanece literalmente lleno de mierda. Sembrado de botellas y vasos vacíos, papeles, restos de bocadillos, docenas de vomitonas y un fuerte olor a orines que delata la presencia reciente de algunos de los instigadores o participantes de la escena anterior, que seguramente acudieron a ese lugar a  rematar la marcha del plátano balú.

Escena número 3: Me veo a mí mismo con 13 años en un colegio lleno de curas que pegaban a mansalva. Mi compañero de pupitre era un idiota (aunque a lo mejor el idiota era yo) y durante la clase nos amenazamos el uno al otro con cascarnos a la salida. Ya en el  patio, empezamos ensayando el arte de empujar un poco sin llegar a darse leña. De pronto, apareció el cura que nos daba clase y soltó: «Hombre, dos que quieren pegarse. Chicos, vamos a hacerles corro para que se peguen de verdad hasta que uno de los dos se rinda». Más cabreado que una mona por lo que me parecía un abuso, dije con la mala leche que me caracterizaba: «Si quiere  usted pelea, péguese con la pared». Su respuesta dejó clarísimo lo que me iba a pasar: «No, contra la pared no. Entra en clase». Todavía me acuerdo de aquél mamón al que sigo deseando que se pudra en los infiernos que él mismo predicaba. 

EPÍLOGO: Es posible que alguna de estas escenas no puedan considerarse como una novatada propiamente dicha, pero todas son degradantes para quien las sufre. Ir en fila rozándole sus partes al compañero de adelante; vestirse de señorita inglesa para que un memo se  divierta; dejar el campus lleno de detritus, o que te obliguen a pegarte con un compañero de pupitre (por muy idiota que sea), veja al individuo, le resta dignidad y le convierte en objeto de burla por parte de los demás. Ya sé que no es lo mismo hacer el plátano balú o que te obliguen a besar el corazón de una vaca que zurrarte la badana con otro hasta caer desmayado. Pero, ¿qué quieren que les diga? Ninguna de esas escenas me hacía, ni me hace, la más mínima gracia. Seré raro.

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Coches eléctricos

julio 29, 2010

Por: Francisco Cantalapiedra

¿Ustedes se acuerdan de cuando se pusieron de moda en España los coches de gasoil? ¿Recuerdan que eran mucho más caros que los de gasolina, iban más despacio y hacían más ruido y a pesar de ello se vendían como roscas? Los defensores de aquellos viejos cacharros (nada que ver con los modernísimos vehículos de gasóleo que se hacen actualmente) decían que el combustible era mucho más barato, lo cual fue cierto hasta que creció el parque y a partir de ahí se puso por las nubes. También aseguraban que daban menos averías, lo que era una verdad a medias, porque si está comprobado que los fallos eran menos, las reparaciones resultaban
bastante más caras. Yo mismo, sin ir más lejos, estuve a punto de comprarme uno de aquellos vehículos, idea que me quitó de la cabeza un amigo que me dijo que para compensar las 150.000 pesetas que costaba de más ese modelo en comparación con el de gasolina, había que hacer una media de 40.000 kilómetros al año, que es como dar una vuelta al mundo cada doce meses.

Bueno, pues ahora, y salvando las distancias, alguien parece interesado en promocionar el coche eléctrico utilizando argumentos muy semejantes a aquellos otros: que si es más barato circular en uno de ellos, que si podremos cargar las baterías en horas valle para que el kilovatio nos salga prácticamente regalado, que si no contamina, que si no hace nada de ruido, que si va a estar subvencionado…, en fin: un cúmulo tal de ventajas que me ha llevado a apuntarme para ser uno de los primeros en disfrutar de semejante bicoca. El caso es que cuando esperaba encontrarme con una cola de mil demonios para ser de los primeros en gozar,  me topé con la realidad: que ni había cola ni parece que fuera a existir en los próximos meses. Un empleado del concesionario adonde fui, que estaba más aburrido que un mono sin sexo ni cacahuetes, me confesó que coches eléctricos puros sólo se han matriculado en toda España cinco unidades en lo que va de 2010.Para terminar de desanimarme estuve leyendo las declaraciones del director comercial del concesionario Emovement Reva, el único de todo el Estado que vende solo vehículos eléctricos, diciendo que “la mayoría de los usuarios particulares  que compran estos coches son personas muy sensibilizadas con el medio ambiente y que disponen de aparcamiento propio en casa donde poder conectarlo a la corriente”, aunque la recarga de las baterías dura toda una noche y aún así sólo permite recorrer unos 100 kilómetros, que, como dice mi amigo Chacel, es lo que aguanta mi coche de gasolina cuando se enciende la luz de la reserva.

Pero ¿saben cuál es el argumento que me hace más gracia de los que sueltan los que están a favor de este tipo de vehículos? Pues que su limitada autonomía los hace ideales para convertirlos en el segundo vehículo de la casa, en el coche urbano para ir a trabajar mientras dejamos el grande en el garaje para marchar de vacaciones. Si no fuera porque hay que pagar dos coches, dos recargas, dos seguros, dos impuestos, dobles reparaciones y dos plazas de garaje, igual iba otra vez a la cola y me apuntaba.

O mejor todavía: si tuviera dinero suficiente me compraba dos Jaguar,que serán caros pero tienen una pinta…

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Bolsas de basura

junio 4, 2010

Por: Francisco Cantalapiedra

Ahora que estamos en plena fiebre de la Declaración de la Renta, afirmo que el hambre y la necesidad agudizan el ingenio desde el “Lazarillo de Tormes”, un personaje que timaba a su ciego por un trozo de queso y que se ganó la simpatía del público, que le calificaba como “pícaro” y no como “chorizo”. Es quizás eso lo que ha impulsado a algunos gallegos a confundir el fisco con el ciego y a ellos mismos con el niño desvalido del Lazarillo. Con la diferencia de que aquí, lo que los pícaros guardan bajo el colchón, lo pagamos todos religiosamente.

El último estudio de los técnicos del Ministerio de Economía y Hacienda ha revelado que el dinero negro se eleva a casi el 24%, muy especialmente cuando toca pagar el IVA o el Impuesto de Sociedades. El informe indica que, así calculando euro arriba euro abajo, cada gallego (y cada español) han ocultado a Hacienda casi 6000 euros anuales. A mí, que soy persona solidaria, siempre me gustó esto de repartir la carga entre todos, pero poniéndome con la calculadora y haciendo un ejercicio de sinceridad, no me salen las cuentas. Tengo la impresión de que de todos esos pícaros potenciales son legión los que no han visto esa cantidad ni en dinero negro, ni en dinero blanco. A mi suegra, sin ir más lejos, la veo escondiendo muchas cosas por casa, pero tal cantidad de parné es imposible. Por lo tanto, tras hacer mi propio estudio concluyo que los chorizos no somos todos, así que aunque queramos defraudar lo tenemos crudo.

Hasta hace unos años pensaba que la economía sumergida era el dinero que ganaba el francés Costeau cuando bajaba a ver tiburones, o al que guardaba aquel señor mayor en el suelo de la cocina y que se ganó el asedio de sus vecinos en la película “La Comunidad”, o en todo caso me sonaba más a película de gángsters donde se guarda la pasta dentro de bolsas de basura. Pero tras conocer el informe de Hacienda, y dado el alto porcentaje de ladrones que hay entre nosotros, creo que voy a empezar a hacer una ronda por los contenedores de mi calle, no vaya a ser que algún vecino despistado haya tirado la bolsa que no era.

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MANERAS

abril 8, 2010

Por: Francisco Cantalapiedra

Se acaba de celebrar en toda España la Semana Santa, un fenómeno religioso, artístico y social que se puede ver de muchas maneras, tantas como formas de sentirla, que no siempre guardan relación con la espiritualidad de cada uno sino con el estado de ánimo. Confieso que con el paso  del tiempo ha ido cambiando mi concepción de este impactante museo de arte puro en plena calle. Así, cuando empecé, en la década de los setenta, la aventura de escribir mi primer y único libro sobre el tema con mi colega y amigo José Delfín Val, la Semana Santa era un espectáculo que pasaba por delante de mis ojos (a veces, también, de la cámara de fotos) sin más “obligaciones” que retratarlo lo mejor posible. Mucho antes de esa mirada profesional, los desfiles eran la disculpa para sacar de casa la silla y atarla junto a otras para contemplar desde muy abajo y con los ojos asombrados de un niño, unas procesiones que, al menos a mí, me daban cierto miedo. Puedo, pues, decir, que la Semana Santa primero despertó mi miedo y más tarde mi profesionalidad, porque el trabajo había que hacerlo, y además en días muy concretos aprovechando los desfiles procesionales. Seguir leyendo

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Charlatanes

febrero 12, 2010

Por: Francisco Cantalapiedra

No sé por qué, pero cada vez que escucho a los políticos hablar de los presupuestos me acuerdo de don Julián Palau, uno de los más grandes charlatanes que lo mismo vendía peines de carey que hojas de afeitar, sin olvidar un artilugio que cortaba los azulejos como si fueran de mantequilla y que sólo le funcionaba a él, porque al llegar a casa, el cacharro demostraba ser lo que realmente era: un penco. Los chavales de mi generación nos pasábamos las horas muertas escuchando a don Julián, cuyo negocio le cabía en una maleta de cartón que ponía en cualquier rincón de la ciudad, con especial predilección por las plazas. Seguir leyendo

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